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Martín Arrau: cabeza dura

Sin que nadie se lo pidiera, el ministro Arrau sacó del sombrero una reforma constitucional que logró unir en su contra desde Kaiser a Boric, pasando por Carlos Peña, Bellolio o Matamala. Una reforma escrita con el pie izquierdo, que uno pudiera creer que nació de una borrachera si no supiéramos de los hábitos temperados en cuanto a alcohol y drogas del ministro y el presidente. Tan mal redactada y pensada que dejó al propio gabinete confundido.

Hace dos semanas llamamos a Martín Arrau príncipe. Señalamos cómo coincidían felizmente sus cuidados modales con una predisposición para hacer su trabajo a tiempo, con una energía y paciencia que no resulta del todo fácil de esperar. La operación Cancerbero confirmó esa urgencia de pasar a la ofensiva y tomarse la agenda de seguridad abandonada a su suerte por la ex ministra Steinert. Las urgencias del gobierno y su ministro de seguridad parecían por fin confluir con las urgencias de sus votantes. Lo burdo de la operación cuidadosamente televisada, que consistía realmente solo en un rutinario traslado de presos, conectaba a la perfección con el sentido de urgencia que Arrau parecía comprender mejor que nadie. ¿Qué podía salir mal? Todo.

Sin que nadie se lo pidiera, el ministro Arrau sacó del sombrero una reforma constitucional que logró unir en su contra desde Kaiser a Boric, pasando por Carlos Peña, Bellolio o Matamala. Una reforma escrita con el pie izquierdo, que uno pudiera creer que nació de una borrachera si no supiéramos de los hábitos temperados en cuanto a alcohol y drogas del ministro y el presidente. Tan mal redactada y pensada que dejó al propio gabinete confundido, o algo más que confundido en el caso de la ministra Chomali, que se opuso abiertamente a la idea, también completamente sin sentido, de quitarle el derecho a la salud a algunos y no a otros.

Los que llevábamos algún tiempo intentando que la oposición no sucumbiera a la simple etiqueta de “ultra derecha”, o que los intelectuales públicos no recurrieran a la cursi pero más adecuada etiqueta de “iliberalismo”, tuvimos que tragarnos nuestras palabras y prevenciones.

Alguien podrá objetar que esto ya no es así, que el propio gobierno retiró la restricción a la salud de la reforma constitucional, cediendo ante la presión de la UDI y de RN. Es cierto, y no cambia nada. La tontería no está en que la medida siga vigente hoy: está en haberla planteado, haberla defendido con desdén hacia quien la cuestionaba, y haber tenido que retroceder en cosa de días. Que Arrau haya tenido que tragarse sus propias palabras no lo exculpa; lo confirma. Es exactamente el tipo de error que uno comete por exceso de valentía, por la confianza ciega de que no se puede equivocar.

Claro, esto sigue sin ser Orbán, Bukele o Trump, pero ahora sabemos que lo que nos salva de esos extremos es solo la enorme torpeza de plantear, sin ningún sondeo político previo, sin ningún trabajo mediático, sin ningún asesinato triple de por medio, una reforma que solo puede conseguir no aprobarse.
¿Ese es el plan? ¿Obligar a todos a discutir las alucinaciones de un grupo de nostálgicos de cualquier dictadura para que el resto de la reforma se apruebe sin problema? ¿La vieja política del tejo pasado que ha sido la esencia de la estrategia de Donald Trump en Estados Unidos? Uno quisiera a esta altura preferir pensar que hay algún oscuro plan, un intento de indignar a toda la élite intelectual y política junta para quedarse con un pueblo impaciente y alarmado que quiere mano dura a cualquier precio. Pero si algo dejó claro ese mismo pueblo en dos sucesivos plebiscitos es que no quiere que nadie juegue con la Constitución, que las libertades que tan difícilmente se consiguieron en ese estrecho marco son tan sagradas como un improbable país sin crimen organizado.

Si esta reforma no tiene cómo aprobarse, si recuerda de todas las maneras posibles justo lo que Kast y su equipo querían que olvidáramos —la dictadura, el ultraconservadurismo—, ¿por qué Arrau y su equipo la esbozaron siquiera? Para entender en qué consiste una tontería habría que intentar recordar todas las que hemos cometido. Yo tengo una abundante cantidad de tonterías que reprocharme, y bastante buena memoria para recordar la razón por la que las cometí. Podría decir que una mitad de las tonterías que he cometido las he cometido por ignorancia. La otra mitad la he cometido por exceso de información. Una mitad la he cometido por cobardía, por no atreverme a hacer lo que tenía que hacer. La otra por exceso de valentía, por confianza ciega de que no podía equivocarme.

La mitad de las tonterías las he cometido por escuchar demasiado a los que me rodean, la otra por no escuchar a nadie más que a mí mismo. Creo que se podría decir lo mismo de esta reforma. Esta nace de las convicciones profundas del presidente y sus ministros más cercanos. Ya aprendimos en el gobierno de Boric que la palabra “convicción” es sinónimo de la palabra imbecilidad. Esta reforma nace de la ceguera de creer demasiado en lo que se cree, pero también de sentir que esta es una oportunidad única de ganar en todos los terrenos, que hay que darle a los chilenos todo lo que quieren. Esta reforma nace de la certeza y de la estrategia al mismo tiempo. Las ganas de ganar a toda costa, a costa incluso del más mínimo sentido común.

La mayor parte de los tontos lo son porque se pasan de listos. Los otros lo son porque no les da la cabeza más que para ver más allá de su propio ombligo. Creo que en este proyecto de reforma constitucional se combinan a la perfección ambos extremos. Arrau y compañía realmente creen que lo que tiene a Chile asustado es el exceso de libertades públicas. Creen realmente que censurar a la prensa, que perseguir a las opiniones, que encerrar a los opositores terminará con la inseguridad y el crimen organizado. Creen que su casa es el mundo, y que la gente que conoce y opina lo mismo que ella es la única que existe. Pero creen también que los que no son ellos y su gente son lo suficientemente básicos y desesperados para tragarse cualquier cosa de cualquier manera. Como si el poblador asustado de La Granja o de Antofagasta hubiera renunciado de entrada a poder ser un ciudadano que vota, opina o piensa, como si todo en él se redujera al miedo que siente y la mano dura que pide. Pero se olvidan de que lo que la gente pide es mano dura, y no cabeza dura.

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio