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La trampa

Lo que Boric dejó fue una papa caliente con nombre de expresidenta, empaquetada como legado y diseñada, más que para ganar, para incomodar a su sucesor durante sus primeros meses de gobierno.

Como sabemos, las cosas que comienzan mal casi siempre terminan mal.

En septiembre de 2025, en Nueva York, Gabriel Boric anunció que Chile impulsaría la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Para algunos, sonó a gesto de estadista, pero, rápidamente, se evidenció que acá había una manzana envenenada.

Repasemos los datos, porque ordenados cuentan una historia distinta a la que se quiso contar entonces y que se quiere seguir contando ahora.

Partamos bien desde el principio. Boric había sido desde mucho y a lo largo de su mandato, un crítico frontal de Donald Trump, al punto de acusarlo de pretender ser “un nuevo emperador” y de calificar, cada vez que podía, sus políticas como una vulneración a la dignidad humana.

Si eso no bastara, su embajador en Washington, Juan Gabriel Valdés, le sumó a su afición tuitera de pegarle con esmero al excéntrico gobernante, su entusiasta asistencia, en agosto de 2024, a la Convención Demócrata que proclamó a Kamala Harris.

Y más encima, la propia Bachelet, en sus pasos previos por Naciones Unidas, tampoco había invertido capital en cultivar cortesía con Trump, quien desde su primer mandato ya se había mostrado crítico del rol internacional de la exmandataria chilena.

Pese a todo eso, que indicaba de sobra que era una mala idea, Boric y los suyos perseveraron y la inscripción formal se concretó el 2 de febrero de este año, ya con José Antonio Kast como presidente electo. Y como si fuera poco, la nominación llegó acompañada del respaldo de Lula da Silva y de Claudia Sheinbaum, dos gobernantes con una relación tan tersa y cordial con Trump como la del propio Boric.

Así las cosas, es muy probable que sólo en la cabeza de los numerosos asesores y aduladores de Bachelet -fervientes izquierdistas, pero que les encanta vivir y pasear por el corazón del imperio capitalista- la candidatura haya sido considerada viable. Algo muy distinto a lo que Boric, en rigor, tenía en mente.

Y si alguna duda quedaba sobre esa viabilidad, las propias votaciones informales del Consejo de Seguridad se encargaron de despejarla. En el primer sondeo, realizado el 30 de julio, Bachelet quedó cuarta entre siete candidatos, con seis apoyos, cinco votos de desaliento y cuatro sin opinión. Tres semanas después, el 21 de agosto, el desplome fue casi terminal, sus apoyos cayeron a dos, los votos de desaliento subieron a seis y los de indiferencia treparon a siete, dejándola en una posición virtualmente irrecuperable. Mientras otras candidaturas mejoraban, la de Bachelet se hundía, y esa trayectoria, más que cualquier ajuste de cuentas doméstico, es el verdadero diagnóstico de un fracaso que se veía venir desde el origen.

Porque lo que Boric dejó fue una papa caliente con nombre de expresidenta, empaquetada como legado y diseñada, más que para ganar, para incomodar a su sucesor durante sus primeros meses de gobierno.

Tan así que desde que en marzo Kast retiró el apoyo, la actual oposición no ha dejado de intentar endosarle el casi seguro fracaso, cuando la candidatura, en rigor, nació muerta el mismo día que se concibió sabiendo quién era el principal actor con poder de veto.

Lo que comienza mal, decíamos, casi siempre termina mal o muy mal. Boric no ignoraba esa regla, la aprovechó. Sabía que la candidatura no prosperaría con Trump como uno de los árbitros clave y la lanzó igual, no para que Bachelet llegara a la ONU, sino para que Kast tuviera que cargar con la explicación de por qué no llegó. El legado, al final, no fue una postulación. Fue una trampa, de muy baja estofa, con fecha de vencimiento y firma ajena.

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Lo que Boric dejó fue una papa caliente con nombre de expresidenta, empaquetada como legado y diseñada, más que para ganar, para incomodar a su sucesor durante sus primeros meses de gobierno.

Foto del Columnista Juan José Santa Cruz Juan José Santa Cruz