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Pasar agosto

Según nuestro columnista acabamos de pasar un invierno extremadamente complejo, difícil de llevar, frío como pocos, “ochentero”. Y no sólo por los eventos climáticos…

Esta orden, esta misión, esta predicción, este deseo nunca había tenido más sentido para mí que durante este agosto. Quizás la referida claridad se la deba al hecho de tener 56 años y de vivir con una mujer de 85 (mi madre). Pero tengo la sensación de que no es solo un problema personal.

Para muchos más que los cincuentones que vivimos con nuestras madres, Pasar Agosto se convirtió en una suerte de milagro que estuvimos a punto de no conseguir. En gran parte porque vivimos en un país de viejos donde casi nadie nace y muchos, demasiados, mueren de frío en casas llenas de filtraciones, agujeros, techos y muros rotos que nada ni nadie puede calefaccionar. En parte porque el frío viene casi siempre acompañado de la lluvia, que casi siempre se convierte en temporal, ríos que se desbordan, barro que baja en vendaval desde los cerros y viento que vuela el zinc de los techos, de esas fonolas que aún nos habitan.

No es una simple manera de hablar. Este 2026 Chile tiene 4.119.061 adultos mayores, un 20,3% de la población total, uno de cada cinco chilenos. Desde 2028, dice el INE, habrá en este país más personas mayores de 64 años que menores de 15. Envejecemos rápido y no estamos naciendo para reemplazarnos: somos, en el sentido más literal, un país que se apaga de a poco, casa por casa, invierno por invierno. Y es exactamente a ese país, al de las pensiones que no alcanzan y los adultos mayores exentos de contribuciones que la propia megarreforma tuvo que negociar caso a caso, al que le tocó, este invierno, apretarse el cinturón.

Este invierno fue frío, más frío que el anterior, como cantaba Jorge González. Y aquí estuvimos, congelándonos. El sinfín de sistemas frontales, la persistencia del fenómeno de El Niño que insiste en no querer madurar, nos recordaron los inviernos de los años 80. Es cierto, esta vez no se desbordó el Mapocho como en el 82, cuando un pequeño Austin Mini cayó a la ribera del río ante la inesperada crecida provocada por un intenso temporal que dejó calles inundadas y ríos absolutamente desbordados, pero sí volvimos a un tipo de frío que, a los que fuimos adolescentes en esa década, se nos quedó pegado al fondo del doble par de calcetines que usábamos debajo de las botas.

Pero no fue solo nostalgia: julio dejó una emergencia decretada en diez regiones del país, con pérdidas estimadas en más de 750 millones de dólares, las más costosas de la década, y cientos de viviendas dañadas de Coquimbo al Biobío. El país entero, de norte a sur, estuvo un rato bajo el agua.

Y esto no tuvo que ver solo con la meteorología. Es algo que, desde el gobierno, de una manera que me resulta inexplicable, se apostó por conseguir. No volver a la dictadura, pero sí volver a los ochenta. Ese fue el objetivo declarado del ministro Quiroz, protagonista casi único de la política nacional durante todo este largo invierno. Hernán Büchi fue su ejemplo. El Büchi de la apertura de capitales, de la flexibilidad económica, pero también el Büchi que intentó reemplazar la leche en polvo, que se les daba a las madres de los recién nacidos, por arroz.

Este invierno estuvo marcado por el “no hay plata” de marzo. Los presupuestos fueron revisados todos a la baja, la expectativa de una recuperación rápida, las promesas de primavera que todo nuevo gobierno lleva consigo, quedaron sepultadas bajo una dialéctica del castigo que nos ganamos por ser unos niños malos que invocamos para cualquier cosa la Ley Karin. Detrás del ajuste había, hay que decirlo, números que lo explicaban: el Imacec cayendo 0,9%, rozando la recesión técnica, y el desempleo subiendo a 9,4% en el trimestre móvil. Sobre esa base se negoció la megarreforma, áspera y sin concesiones, marcando al mismo tiempo un precedente para la otra megarreforma, la de seguridad, que está ahora marcando la pauta.

Quiroz dejó en claro que los pataleos de la oposición, que terminaban en una total incapacidad de fijar una estrategia común coherente, al final fortalecían la reforma en vez de debilitarla. Que esta llegara a ser fuertemente impopular tampoco enmendó el rol del ministro. Supo que solo podía ganar el respeto de un mundo político y económico que lo miraba con desconfianza redoblando su apuesta. Y lo hizo, dejando al ministro Arrau con la obligación de él también asustar a los contrincantes y cercanos, planteando reformas constitucionales que podrían terminar con todo lo que solíamos llamar democracia liberal. Es la misma convicción, dicha con corbata y en constitucionalés, que en otras latitudes se dice a gritos: que el problema del mundo no es la pobreza ni el crimen, sino el exceso de derechos, de garantías, de gente que opina sin la autoridad moral para hacerlo.

El gobierno se puso entonces, desde el primer día, en tono invierno. Lo poco más o menos colorido que tenía —la ministra Sedini y la ministra Steinert— fueron retiradas de sus cargos. A la primera se le dijo expresamente que este sería un gobierno de los fomes, de gente que no solo se viste con corbata, sino que piensa con corbata también. El ministro Alvarado, que asumió de vocero al mismo tiempo que ministro del Interior, es eso mismo: un hombre del interior. Del interior de la UDI, del interior de Chiloé, del interior de la chilenidad más tradicional que existe.

Arrau es también un hombre del sur, del Ñuble, aunque representa más la cultura del dueño de fundo que la del campesino. Educado, elegante en sus formas, pero completamente intransigente en sus convicciones, que no son otras que la de salvar un país que se hunde en la inmoralidad, el relativismo y la incivilidad. Un país que, en algún momento de comienzos de los 2000, perdió el rumbo, tanto en lo económico, como en lo político y lo cultural.

La intención del gobierno ha sido siempre altamente moralizante. Se nos ha querido, todo este invierno, con más o menos suavidad, aleccionar. Casos como el de la ministra Duco han frenado justo a tiempo esta intención, demostrando una y otra vez que nadie está libre de pecado. Por suerte para todos, este gobierno y su gobernante han tenido, cada vez que han creído estar por encima de cualquier juicio, alguna lección de humildad. De hecho, aún no ha logrado ajustar el modo comprensivo y perdonavidas con que trata sus propios pecados con la dureza sin concesión con que sigue persiguiendo al gobierno anterior o a cualquier funcionario que no haya estudiado en los mismos colegios que ellos.

La oposición podría haber convertido los errores del gobierno en su propia primavera. Pero probó este invierno que su agotamiento no es solo político sino cultural. No es solo el gobierno de Boric y sus resultados electorales lo que quedó en cuestión este invierno, sino las posturas ideológicas sobre las que lleva décadas apostando. Pienso a la rápida en la ecología, el feminismo, la fluidez de los géneros, la multiculturalidad. Todo eso no solo ya no está de moda, sino severamente puesto en cuestión, no solo por los gobiernos que hicieron de oponerse a esos cambios sus banderas, sino por los que la levantaron sin inteligencia alguna y sin control.

La izquierda se ha quedado como único bastión con la defensa de Palestina. Defiende, pero no propone nada. Esto también tiene algo que ver con la crudeza de este invierno. Los demócratas en Estados Unidos viven rezando para que Trump no arrase en las elecciones de noviembre, mientras siguen sin encontrar ni una figura ni un relato capaz de disputarle el terreno. Lo mismo los que no quieren a Milei en Argentina, que gobierna hace ya rato sin que la oposición logre articular una alternativa que no sea, otra vez, la nostalgia de lo que había antes. El odio de ambos a los intelectuales, las universidades y los artistas es patente y visible, y en ambos casos ha resultado, hasta ahora, más rentable que costoso. No es casualidad que sea el mismo invierno el que trae la mano dura constitucional de Arrau y el desprecio de Trump y Milei por quien piensa distinto: los tres entienden, cada uno a su manera, que gobernar hoy es sobre todo moralizar, decidir quién merece protección del Estado y quién no.

A eso se suma una cesantía nueva, silenciosa, que a nadie parece importarle demasiado: la que llegó desde la inteligencia artificial, que, para el periodismo, la arquitectura, el diseño y la publicidad ha sido una plaga ante la cual nadie tiene otra respuesta que hablar del progreso. Nadie explica qué va a pasar con los redactores, los diagramadores, los ilustradores, los guionistas publicitarios que llevan veinte años viviendo de un oficio que hoy se resuelve con un par de instrucciones escritas. Se habla de reconversión, de capacitación, de nuevas habilidades, con la misma liviandad con que antes se hablaba de la mano invisible del mercado. Solo el Papa, es decir la denostada Iglesia Católica que todos estos redactores y periodistas aprendimos a mirar con sospecha, pareció ver en una encíclica esta nueva desesperación. Él también señaló el núcleo del problema, que es justamente la falta total de poder que tenemos los usuarios y el poder total que tienen los dueños de la herramienta. Es otra forma del mismo invierno: la certeza de que no hay ningún abrigo institucional esperando a los que se van quedando afuera.

Los artistas y los intelectuales no han entendido aún que la mejor defensa es el ataque, y hemos asistido en estos días, y meses y años, a un repetido coro de mentes más o menos brillantes tratando de recordarnos que las humanidades, como su nombre lo indica, tienen algo que ver con la humanidad. No entienden que es la humanidad misma, ese concepto, lo humano, lo que está en cuestión. No entienden que los primeros que lo pusieron en cuestión, Foucault y Nietzsche, provenían justamente de las humanidades.

El frío de este invierno tiene algo que ver con eso. No recuerdo haber visto, a no ser “Un hijo propio” de Maite Alberdi, ninguna película que me conmoviera especialmente. Algunos libros viejos de autores ya de sobra conocidos o de algunos jóvenes también leídos desde hace tiempo no lograron despertarme de la hibernación a la que me resigné temprano. La televisión se desvivió en crímenes y escándalos sin importancia. Una influencer alimentó a su perro con wasabi, unos imbéciles se desvivieron por hacer chistes algo más que de mal gusto en una fiesta, un subsecretario salió positivo en un test de drogas que parece que no era definitivo. Garín acusó a Porcel TV de hacerle la guerra sucia a Sin Filtros. Larraín habló mal de JC Rodríguez. Neme tuvo en vivo varios ataques de indignación hasta chocar en Alonso de Córdova. Muchas cosas que no deberían importarle a nadie, o a muy poca gente, nos angustiaron este invierno.

Ninguna de ellas nos distrajo de un presupuesto que no alcanza para calentar las casas, para pagar las reparaciones a las que obliga el temporal, para llegar a la primavera de pie.

Mi madre, mientras tanto, no puede salir por la lluvia. Se queda en su pieza consumiendo alarmas de televisión, gritos, escándalos que poco ayudan a pensar que vale la pena pasar agosto. La miro y pienso que ese es, quizás, el frío más hondo de todos: no el de la casa sin calefacción, sino el de un país entero que llena sus tardes de invierno con leseras que no sirven para nada, mientras afuera sigue lloviendo sobre lo que de verdad importa.

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