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Los doce monos

Han pasado los años y los monos siguen ahí, cada uno en su jaula tarifaria, comiendo tranquilos. El trigo sigue valiendo una fracción del pan, el polinomio sigue firmado, el director sigue siendo amigo de alguien. Y cada mañana, cinco millones de hogares pasan por la panadería a financiar, sin saberlo, una de las rentas más elegantes de Chile: mil quinientos millones de dólares al año, horneados a mano, con amor artesanal.

“The Invisible Hand, if it is to be found anywhere, is likely to be found picking the pockets of the poor”. — Edward J. Nell

Esto empezó hace más de diez años, por el dos mil trece, cuando Ricardo Lagos —mi amigo, y yo por entonces un consejero cercano— consideraba una segunda presidencia. Lo que le propuse fue algo muy simple, casi impolítico: una agenda de gobierno basada en corregir precios. Nada de refundaciones, nada de salvar el planeta ni la globalidad. Un gobierno corto, transversal, de pura acción. Sin izquierdas ni derechas, sin sectores especiales: solo precios, consumidores, abusos y sus sensibilidades.

Le llevé la minuta con los monos. Monos en el sentido chileno —los dibujos, las figuritas de la lámina— pero también, lo confieso, en alusión a esa película extraña de los doce monos, donde un hombre viaja en el tiempo para advertir una catástrofe que nadie quiere ver venir. Me pareció un embalaje adecuado.

La catástrofe nuestra no era un virus: era un tejido de arreglos que llamé corpocráticos, porque en cada uno había corporaciones y, cosa notable, alguna agencia del Estado metida en la cocina donde se arregla el precio final al consumidor. Ni capitalismo democrático ni socialmercado progresista: una CORPOCRACIA, un régimen feo y tenebroso donde el Estado, en su alta potencia de regular y de omitir regular, termina organizando una vida cara.

Los precios eran doce. La lista partía con la energía y terminaba con el pan.

El kilowatt. La gasolina y el diésel. El kilómetro por vía concesionada. El cemento. La tonelada de fierro número cinco. La tasa de interés de la banca y la del retail con su margen comercial. Los aranceles de las universidades. Las telecomunicaciones. Los remedios. Las comisiones de las administradoras. Y el kilo de pan. Cada mono con su agencia: unos por el Ministerio de Economía, otros por COTRISA, otros por ENAP, otros por polinomios tarifarios donde el Estado pone la pluma, otros por las defensas administrativas de certificación —los remedios pasan por el instituto de salud— y así. La regla de admisión a la lista era una sola: entra todo precio donde el Gobierno participa del polinomio del sector.

Le recité la secuencia completa. Lagos escuchó en silencio, sin decir nada, hasta que llegamos al mono número doce, el del pan. Ahí levantó la vista.

—¿Y qué cree usted que explica eso? ¿Por qué habría ahí una distorsión?

—Es simple —le dije—. Hay cinco millones de hogares en Chile. Suponga que consumen un kilo de pan al día. Multiplique por trescientos sesenta y cinco días y tiene tantos kilos, y esos kilos son esta cantidad de plata. —Le di los números correctos.— Ahora apliquemos principios fundamentales: ¿qué hay adentro de un kilo de pan?

—Dígame usted.

—Harina, algo de calor, y la hechura del panadero. Partamos por el trigo. ¿A cuánto está el trigo?

—No sé. ¿Por qué no me dice usted?

—Bueno, en este momento el trigo que vendo del campo en el sur está a ciento veinte pesos el kilo.

—¿Y entonces cómo se explica que el pan llegue a unas diez veces eso, a mil doscientos pesos?

—Dígamelo usted. Hay un arreglo que eleva el precio por una potencia de diez. Si uno le concede una ganancia generosa, digamos trescientos pesos por kilo, el precio competitivo del pan debiera ser algo elevado a una potencia de seis, no de diez. Compárelo con el loaf simple que comen en Estados Unidos, o con la tortilla en México. Chile termina pagando diez veces el trigo. Eso no es mercado: es un arreglo. Y es corpocrático, porque hay una agencia involucrada, y la agencia es del Estado. Se llama COTRISA.

—¿Y eso qué es?

—Usted nombró al director. Es amigo suyo, y usted no tiene idea de lo que hace ahí. Lo que hace, básicamente, es arreglarse con las empresas que procesan el trigo, bajo el argumento —o la excusa— de estabilizar y dar seguridad. De ahí sale el primer piso de la distorsión. El segundo piso lo pone la hechura: el cuento de que el pan se lleva al horno a mano, artesanalmente, que es una historia que ya nadie debiera comprar. Y el chileno termina pagando la escalera completa.

Hice después el cálculo final: la renta caída del cielo era del orden de mil quinientos millones de dólares al año. Solo en pan. Era mucha plata.

No me preguntó por el resto de la lista, pero yo traía el argumento armado para cada mono. La energía se sostenía apenas en un polinomio del ministerio. Los peajes de Chile salen de otro polinomio, de cálculos donde el Estado también participa y que nadie ha vuelto a mirar con ojos de consumidor. Los combustibles pasan por ENAP y por el impuesto. Y así, uno por uno: donde uno levantaba la alfombra, aparecía la misma coreografía —una corporación, una agencia, una fórmula, y un precio final que multiplicaba varias veces el costo de las cosas.

Lo que le propuse entonces fue un método, no una revolución. Formar comisiones con universidades y centros de estudio, transversales, sin trinchera. Escribir los números de cada precio —la unidad de mercado de cada sector— y compararlos con dos o tres países de referencia. Concluir, precio por precio, si hay o no distorsión, y que cada grupo recomiende la corrección. Y después, la aritmética presidencial: su gobierno dura cuatro años; corrija tres precios por año; al final del período tiene los doce monos ordenados y la cancha nivelada. Ese era todo el programa. Después de ordenar los monos, los chilenos podrían volver a discutir las cuestiones ideáticas con toda calma.

Se entusiasmó de verdad. “Estudiemos”, dijo. “Preparemos la agenda.”

La agenda no fue. Vino el anuncio del segundo período de la señora Bachelet, vinieron los partidos con sus aclamaciones a medias —el PPD se la dio, el PS no— y el camino, en vez de ir a una corrección del Estado y de sus omisiones, se fue por una agenda valórica y sus densidades postmodernistas. Los doce monos quedaron en la carpeta, que es donde este país guarda sus mejores ideas para que no molesten.

Han pasado los años y los monos siguen ahí, cada uno en su jaula tarifaria, comiendo tranquilos. El trigo sigue valiendo una fracción del pan, el polinomio sigue firmado, el director sigue siendo amigo de alguien. Y cada mañana, cinco millones de hogares pasan por la panadería a financiar, sin saberlo, una de las rentas más elegantes de Chile: mil quinientos millones de dólares al año, horneados a mano, con amor artesanal.

Por eso escribo esto ahora. No por nostalgia de la agenda que no fue, sino porque el diagnóstico envejeció mejor que nosotros. La corpocracia no se corrigió: se consolidó. Y la advertencia de la película sigue en pie —el viajero llega, explica la catástrofe con números en la mano, y el comité toma nota, agradece, y pasa al siguiente punto de la tabla.

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Han pasado los años y los monos siguen ahí, cada uno en su jaula tarifaria, comiendo tranquilos. El trigo sigue valiendo una fracción del pan, el polinomio sigue firmado, el director sigue siendo amigo de alguien. Y cada mañana, cinco millones de hogares pasan por la panadería a financiar, sin saberlo, una de las rentas más elegantes de Chile: mil quinientos millones de dólares al año, horneados a mano, con amor artesanal.

Foto del Columnista Antonio Schneider Ch. Antonio Schneider Ch.



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