Ante todo y cualquier cosa, Francisco Pérez Mackenna no se inmuta. No se enoja, no se emociona, no se indigna, no se abraza a nada ni a nadie. Permanece detrás de sus anteojos vintage, señal de algún tipo de coquetería que no se parece nada a él. Como tampoco se parece a él su barba de cinco días, de esas que los ejecutivos se dejan crecer en vacaciones pero se afeitan ya en abril. Él no necesita hacer eso porque es el jefe. O lo fue. Durante casi tres décadas estuvo a cargo de Quiñenco, es decir, de las inversiones del grupo Luksic, uno de los más ricos del país. Antes estuvo en Citicorp, pero también ha estado en Hapag-Lloyd y en otras decenas de directorios donde seguramente esa calma ligeramente distraída fue la llave de su éxito.
Colegio: mitad Saint George, mitad Tabancura. Universidad: Católica. Profesión: ingeniería comercial. MBA en Chicago. Partido: Renovación Nacional. Premios y reconocimientos en todas estas instituciones. Un hombre de indudable éxito, que supone un indudable talento, un hombre que lo consiguió todo y podría conseguir más, reducido a esa sonrisa ligeramente irónica, ligeramente desafinada, con que responde preguntas que no encuentran respuestas claras. ¿Cómo Chile pasó de haber resuelto en La Haya sus últimos diferendos fronterizos a tener que explicar que el estrecho de Magallanes es nuestro? ¿Cómo un país cuyo único legado estratégico es estar lejos se compromete con el capricho de un presidente crepuscular, Donald Trump, del que se sabe a ciencia cierta que no respeta a nadie ni nada? Chile adhirió el 22 de septiembre a su Escudo de las Américas, ocho días después de declararse simple observador, mientras Estados Unidos le cobra un arancel de 12,5%, por encima del 10% que pagan otros países.
Pérez Mackenna intenta no parecer como el autor de estos y otros dislates recientes de nuestras relaciones exteriores. Su trabajo es ante todo y sobre todo poner paños fríos, decir que no es para tanto, que todo es negociable, o que simplemente esto o aquello no lo leyó así, o de ningún modo. Cuando en abril la vocera Mara Sedini se negó a afirmar la soberanía chilena sobre todo el estrecho y abandonó la conferencia de prensa, fue él quien tuvo que salir esa misma noche a decir que era “indiscutible”. Cuando dos ministros criticaron los aranceles de Trump, fue él quien recordó que “la Cancillería es la que negocia”. Y cuando el excanciller Mariano Fernández contó que le había reconocido presiones de Estados Unidos para entrar al Escudo, respondió que “la única presión es que los chilenos necesitan estar seguros”.
La política abiertamente agresiva e ideológica con la que el presidente quiere hacerse cargo del escenario internacional choca con la aparente serenidad del ministro, que no quiere quedar mal con nadie, pero tampoco sabe cómo quedar bien. Entonces hace las dos cosas: queda mal con sus huestes y mal con los partidarios de la tradicional política de no injerencia de la diplomacia chilena, los mismos que vieron cómo en agosto Chile abandonaba, después de 55 años, el Movimiento de Países No Alineados.
Tratando de hacer el menor ruido posible, Francisco Pérez Mackenna consiguió unir a la expresidenta Bachelet y al expresidente Boric en una carta que es algo más que una carta, que no es otra cosa que el fantasma más temido por la derecha: el retorno de la invencible Michelle Bachelet a la arena de la política nacional. La devolvió a ella la misma Cancillería que en marzo le quitó el apoyo a su candidatura a la secretaría general de la ONU, a la que acaba de renunciar. Eso y una interpelación en el Congreso, citada para el 28 de septiembre con trece temas en el pliego, donde seguramente volverá a usar su talante de hombre tranquilo, impermeable a los problemas y dificultades del mundo, ligeramente sobre el bien y el mal, que después de una vida en la empresa viene a ver qué se siente pasar por la Cancillería.
Porque quizás lo único que se le puede reprochar a Francisco Pérez Mackenna es que sabe mucho de lo que sabe, pero nada, o casi nada, de lo que sabe tiene alguna utilidad en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En su vida anterior, claro, viajó, se informó sobre el estado del mundo y se reunió con autoridades de otras partes del mundo. Pero lo que perseguía entonces no era firmar tratados sino contratos, y aunque el papel se parece, y los sellos, y a veces hasta el vocabulario, las dos cosas son fundamentalmente distintas.
Francisco Pérez Mackenna parece creer que las relaciones exteriores de Chile se resumen en multiplicar los Chile Day, esos eventos en que se va a seducir a los inversionistas tocando la campana en diversas bolsas de comercio. En los noventa quizás algo de eso era cierto, pero frente a Trump, Putin, Milei, Lula o Bukele, no pensar que la política internacional es ante todo política es entender muy poco. Todo lo que uno puede aprender sobre solución de controversias, negociación, acuerdo y desacuerdo en el mundo de los negocios poco sirve si te tienes que sentar con líderes mundiales que mezclan en un solo cuerpo a Calígula y Maquiavelo. El mismo Milei, al que le gusta jugar a ser economista, entiende que esta es pura política. Y de la peor posible: el decreto argentino que Chile le pide derogar sobre el estrecho está listo desde marzo, según el propio canciller, y Milei todavía no lo suscribe.
Pérez Mackenna, en ese grupo de incendiarios, profetas, estafadores y mesías, parece un modesto funcionario buscando la firma del jefe para cumplir su horario y marcar tarjeta. No cabe duda de que aprenderá, y está aprendiendo, pero cuando lo consiga lo más seguro es que los líderes mundiales serán los contrarios, que exigirán justo el revés de lo que exigían antes. Otra guerra de bots, otra batalla cultural reemplazará a esta; Chile puede elegir tener la peor butaca o no asistir a la función. Me resulta más sana la segunda alternativa. La calma del ministro, si logra que sea algo más que una característica personal y se convierta en una política de gobierno, puede ser la respuesta. Alejandro Ferreiro, que trabajó con él, lo describe como “una de las personas más inteligentes con las cuales me ha tocado trabajar”. Por el momento, eso solo parece ser un desperdicio de talento.