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La censura de las buenas intenciones

Lo inquietante es que hayamos empezado a confundir con tanta facilidad escuchar con aprobar. Invitamos a una escritora a un festival y, de pronto, parece que su presencia certificara cada una de sus opiniones. Como si sentarse frente a alguien, escuchar sus argumentos y eventualmente contradecirlos fuera una forma de adhesión.

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Hay algo que se está volviendo demasiado habitual y que, quizás por repetirse, empieza a parecernos normal. Alguien dice algo que incomoda, aparece una protesta, una institución se inquieta y, en vez de abrirse una discusión, desaparece la persona que podía provocarla.

Eso fue lo que ocurrió con Ariana Harwicz. La escritora argentina debía participar este 26 de septiembre en el Festival Cultur Alh de Granada, en una conversación cuyo título terminó siendo involuntariamente perfecto: Oponerse al mundo. A pocos días del encuentro, su invitación fue retirada. Las directoras del festival explicaron que habían recibido una carta de la Red Universitaria por Palestina de Granada y reconocieron que detrás de la decisión estaba también el rechazo que provocaban algunas posiciones públicas de Harwicz, entre ellas su oposición al boicot cultural a Israel. La autora ha sostenido que no corresponde excluir a un artista por su nacionalidad y recuerda que defendió lo mismo cuando, después de la invasión de Ucrania, artistas rusos comenzaron a desaparecer de algunas programaciones culturales.

Uno puede estar de acuerdo con Harwicz, discrepar profundamente de ella o sentirse incómodo con algunas de las cosas que ha dicho. Ese no debería ser el punto. Lo inquietante es que hayamos empezado a confundir con tanta facilidad escuchar con aprobar. Invitamos a una escritora a un festival y, de pronto, parece que su presencia certificara cada una de sus opiniones. Como si sentarse frente a alguien, escuchar sus argumentos y eventualmente contradecirlos fuera una forma de adhesión. Si aceptamos esa lógica, los espacios culturales terminarán reuniendo únicamente a personas que ya han aprobado previamente el examen de quienes organizan, financian o presionan desde fuera.

La filósofa argentina Diana Cohen Agrest escribió a propósito de este episodio que en demasiados momentos de la historia la humanidad creyó que podía derrotar una idea expulsando a quien la expresaba. “Nunca funcionó”, concluyó. Su reflexión continúa con algo que vale la pena recordar precisamente ahora: la cultura nació para desafiar dogmas, no para administrarlos, y un festival literario debiera ser un lugar de encuentro y debate, no de exclusión ideológica. Cohen Agrest recupera además una frase de Albert Camus que parece escrita para esta discusión: “Sin libertad no hay arte; el arte vive únicamente de las restricciones que se impone a sí mismo y muere por todas las demás”.

La Universidad de Granada terminó distanciándose de la decisión. Aclaró que la retirada de Harwicz no había sido adoptada ni respaldada por su equipo de gobierno y defendió algo que, hasta hace no demasiado tiempo, habría parecido casi obvio: que una universidad debe ser un lugar para el pensamiento crítico, el contraste de ideas y las posiciones discrepantes, incluso cuando resultan incómodas.

Después vino el efecto dominó. Más de 350 escritores, intelectuales y figuras vinculadas a la cultura firmaron un manifiesto contra la exclusión, y John Banville decidió retirarse del festival tras conocer lo sucedido. Banville no fue censurado ni expulsado; sencillamente decidió no estar. Pero su gesto puso sobre la mesa una pregunta bastante más interesante que la controversia particular de Granada: ¿qué esperamos realmente de un festival de literatura? ¿Un lugar donde encontrarnos con aquello que ya pensamos o uno en el que todavía exista la posibilidad de que alguien nos incomode?

El asunto se vuelve todavía más delicado cuando aparece Israel en la conversación. Harwicz considera que en lo ocurrido existe una dimensión antisemita. Quienes respaldaron su exclusión sostienen algo diferente: dicen que el problema son determinadas declaraciones de la escritora y no su condición de judía. Esa diferencia no es menor y sería irresponsable resolverla con una frase tajante. Lo paradójico es que un festival concebido para alojar conversaciones difíciles haya respondido a una controversia tan compleja quitando precisamente una de las voces de la sala.

Quizás por eso la censura de nuestro tiempo es más difícil de reconocer. Ya casi nunca aparece un señor con uniforme requisando libros ni una autoridad redactando una lista de autores prohibidos. Puede adoptar formas mucho más amables: una preocupación por la seguridad, una decisión de programación, el temor a una protesta, una institución que quiere evitar una crisis en redes sociales o un patrocinador que prefiere no tener problemas. Cada una de esas razones puede ser comprensible por separado. El problema aparece cuando todas terminan produciendo el mismo incentivo: ante la duda, mejor que esa persona no venga.

Algo se pierde cuando empezamos a organizarnos de esa manera. No solo para el escritor que deja de participar, sino para todos los demás. Porque poco a poco la conversación se vuelve más predecible, los invitados más parecidos entre sí y las preguntas menos peligrosas. Nos quedamos rodeados de discursos cuidadosamente aceptables y podemos incluso felicitarnos por nuestro pluralismo mientras escuchamos, una y otra vez, distintas versiones de lo mismo.

Quizás hemos olvidado algo bastante sencillo. Invitar no es respaldar, escuchar no es obedecer y discutir no significa conceder. Podemos protestar contra una idea, escribir contra ella, refutarla y hasta considerarla profundamente equivocada sin necesitar que desaparezca quien la sostiene. La cultura siempre ha vivido de esa tensión y sería una ironía triste que, intentando protegerla de aquello que nos incomoda, termináramos quitándole precisamente lo que la hace necesaria.

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