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¿Cuánto futuro estamos pagando hoy?

Detrás de una herramienta que responde preguntas, genera imágenes o escribe código existe una enorme infraestructura que requiere miles de millones de dólares. Por eso, cuando hablamos de inteligencia artificial, también estamos hablando de capital.

Durante los últimos años, la inteligencia artificial dejó de ser solo una revolución tecnológica. También se convirtió en una revolución financiera.

Cada nuevo modelo, cada avance y cada anuncio de las grandes compañías tecnológicas ha venido acompañado de inversiones millonarias en chips, centros de datos, energía, redes y almacenamiento.

Detrás de una herramienta que responde preguntas, genera imágenes o escribe código existe una enorme infraestructura que requiere miles de millones de dólares.

Por eso, cuando hablamos de inteligencia artificial, también estamos hablando de capital.

Pero en las últimas semanas apareció una pregunta que puede cambiar la conversación: ¿qué ocurre si el futuro que el mercado anticipó llega a una velocidad distinta a la esperada?

La discusión ya no es solamente tecnológica. Algunos de los propios líderes de la industria comenzaron a plantear que el desarrollo de los modelos más avanzados debería avanzar con mayor cautela y con más controles de seguridad.

Dario Amodei, CEO de Anthropic, ha planteado la necesidad de moderar el ritmo de avance de los sistemas más avanzados. Sam Altman, CEO de OpenAI, también ha respaldado mayores evaluaciones de seguridad e instancias de revisión independiente. Elon Musk, por su parte, ha expresado una posición similar.

Pero no existe consenso dentro de la industria. Mark Zuckerberg, de Meta, ha defendido un enfoque más orientado al mercado, mientras que Nvidia tampoco apoya una desaceleración general de la industria.

Es decir, incluso entre quienes están construyendo esta revolución existe una discusión sobre cuánto acelerar y cuánto controlar.

¿Por qué esta discusión tecnológica debería importarle a alguien que mira los mercados? Porque buena parte de las inversiones de los últimos años se construyó sobre expectativas acerca de lo que vendría después.

Hasta ahora, la historia financiera de la inteligencia artificial podía contarse de una manera bastante simple: mejores modelos requieren más capacidad de procesamiento; más procesamiento requiere más chips y centros de datos; y esos centros de datos necesitan más energía, redes y construcción.

Una cadena que, en teoría, parecía crecer casi automáticamente.

Pero si la velocidad de desarrollo cambia, esa cadena deja de ser tan evidente.

Y ahí aparece la pregunta financiera: si el desarrollo de los modelos más sofisticados avanza a un ritmo distinto al esperado, ¿cambian también las expectativas sobre las enormes inversiones que hoy se realizan en infraestructura tecnológica?

Eso, sin embargo, no significa que la inteligencia artificial esté llegando a su fin. Tampoco que la inversión en tecnología vaya necesariamente a detenerse.

Hay una diferencia importante entre desarrollar modelos cada vez más poderosos y utilizar los modelos que ya existen.

Una empresa puede decidir avanzar más lentamente en la próxima generación de inteligencia artificial y, al mismo tiempo, seguir incorporando intensivamente las herramientas actuales en sus procesos. Incluso puede ocurrir que una tecnología avance más despacio, pero se utilice mucho más.

Ahí está uno de los grandes desafíos para entender esta transformación: no confundir la velocidad de la innovación con la velocidad de su adopción.

La inteligencia artificial podría convertirse en una de las tecnologías más importantes de nuestra generación y, al mismo tiempo, algunas de las expectativas financieras construidas alrededor de ella podrían ser demasiado optimistas.

Aunque parezca contradictorio, no lo es.

La historia económica está llena de tecnologías que cambiaron radicalmente la vida de las personas y que, durante determinados períodos, también generaron expectativas difíciles de sostener.
Internet es probablemente el ejemplo más conocido. La tecnología terminó transformando el mundo, pero eso no significó que todas las empresas o inversiones asociadas a esa transformación fueran exitosas.

Con la inteligencia artificial puede ocurrir algo parecido.

Por eso, la pregunta no es si la IA es “buena” o “mala” para las inversiones.

La pregunta más interesante es cuánto del futuro que imaginamos ya está incorporado en las expectativas actuales y qué ocurre si ese futuro llega más rápido, más lento o de una manera diferente a la que hoy estamos anticipando.

Esto importa porque la revolución de la IA ya no está concentrada exclusivamente en unas pocas compañías tecnológicas. Está aumentando la demanda por semiconductores, energía, infraestructura digital, construcción y servicios. También está empezando a cambiar la productividad y la forma en que las empresas organizan su trabajo.

Para países como Chile, la conexión tampoco es tan lejana.

Una mayor demanda mundial por infraestructura tecnológica puede tener efectos sobre materias primas, energía y distintas cadenas industriales en las que nuestro país participa. El impacto no necesariamente llega a través de una empresa de inteligencia artificial. Puede llegar a través de toda la cadena que existe detrás de ella.

Durante mucho tiempo nos preguntamos hasta dónde podía llegar la inteligencia artificial.

Después comenzamos a preguntarnos cuánto dinero podía movilizar.

Hoy aparece una pregunta distinta: ¿cuánto de ese futuro ya estamos pagando en el presente?

Para quienes observamos los mercados, esa pregunta importa porque las inversiones no se construyen solamente sobre lo que ocurre hoy. También dependen de las expectativas sobre lo que ocurrirá mañana.

Si el futuro cambia de velocidad, también pueden cambiar esas expectativas.

Eso no significa que haya que entusiasmarse o alejarse de la inteligencia artificial. Significa que, en medio de una de las mayores transformaciones tecnológicas de nuestra época, quizás conviene mirar más allá del entusiasmo.

La inteligencia artificial puede cambiar profundamente nuestra economía, nuestra productividad y nuestra vida cotidiana.

Pero una revolución tecnológica no elimina una regla básica de las finanzas: el valor de una inversión también depende de cuánto futuro ya está reflejado en su precio.

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Foto del Columnista David Guzmán David Guzmán