Vivimos en una vorágine que nos devora, tal vez por la sobrecarga de información y desinformación genera desinterés por hartazgo, frustración, desmotivación por la vida en democracia.
En mi columna pasada, planteaba que la democracia tal como la aprehendimos, debiese ser un hecho de participación activa; de interes comunitario y de defensa de la libertad, sin embargo ha pasado a ser una simple práctica de elegir al ser superior (o al menos inferior) que suponemos nos va a llevar al paraíso, o sacarnos del infierno.
Ese adormecimiento democrático es producto de una sociedad que vive en la inmediatez, que abandona la historia por el ahora, que ha perdido la intención de aprender y que se conforma con buscar algún momento de fama, de felicidad o de bienestar individual, sin pensar demasiado. El facilismo es lo corriente.
Pero la tendencia a la democracia electoral, que está probada, hace que suene un despertador a la hora de votar. Y la democracia, por un momento, despierta.
Las elecciones de medio término en EE.UU han dado un veredicto que no sorprende, ya que el correr del tiempo hacía prever que nada es para siempre, y menos aún cuando una sociedad se cansa frente a un falso profeta.
Entonces, surge una nueva pregunta: ¿Y ahora quién podrá salvarnos?
Donald Trump se consideraba a si mismo como un superhéroe cuyo poder era una demostración de supremacía por sobre el humano común, un dramático error de cálculo propio de la ignorancia de vivir en una jaula mental.
Es que, casualmente, un superhéroe es aquel que pone foco en la gente y salva a la gente escondiendo aún su personaje, en cambio SuperTrump, como todo populista de estos tiempos, nunca se dio cuenta que gobernar es, basicamente, gobernar para la gente.
Desde esta perspectiva se podría analizar la elección en EE.UU como parte de esta nueva forma de democracia donde solo vale el voto de manera tan salvaje como primaria.
El hartazgo no solo llegó al demócrata liberal ni a los niveles intelectuales que Trump detesta.
Homero Simpson cambió el voto y Homero Simpson en la gente común de los Estados Unidos, que esperaba que el superhéroe de resolviera el problema de bolsillo, que esperaba que el superhéroe le resolviera el problema del combustible, que esperaba que el superhéroe le resolviera el problema de convivencia.
En cambio, el superhéroe actuó contra los inmigrantes que son cientos de millones que alimentan a Estados Unidos, y que son una columna vertebral en la estructura del país.
El superhéroe en su delirio de mariscal se preocupó por el dominio territorial del mundo llevado por el ego de creer que padía hacer América más grande frente a todos los demonios externos como China, como Putin y especialmente hacia la democracia liberal europea a la que supone inútil. Claro, todo vale siempre y cuando sea autocrático.
Gastó recursos en alimentar su propia supremacía. Y el recurso es de la gente, algo que se le olvidó, tal vez por creer que todo lo pertenece. En lugar de pensar en el bienestar de su propio país se dedicó a diseminar su estilo de grandeza prepotente por el resto del mundo, especialmente en América Latina dónde sus aliados deberán hacer ahora un transformarse para no quedarse solos. Y la transformación es pensar en lo “local” y evitar creerse que son influencers del mundo.
Pero no hay que equivocarse, el problema para la política estadounidense era sólo Trump. Estados Unidos no tendrá un giro dramático, ni tampoco hay que creer que la derrota “trumpista” sea un péndulo en América Latina y el populismo de derecha se transforme en un nuevo populismo de izquierda, más allá de que nada nace por generación espontánea.
Un mal gobierno lleva a otro gobierno es así en esta democracia, mal que le pese a Trump y a sus ciegos seguidores gobernantes que prometen libertad solo para los elegidos de una sociedad, en la que todos votan.
Es fácil quedarse en un sillón, mirando televisión y comiendo papas fritas con cerveza esperando a un nuevo superhéroe. No va a llegar nunca.
Es tiempo de cambiar los tiempos y hacer de la democracia ese espacio en el que nos ocupamos de ser partícipes de nuestro propio destino.