Alguna vez Donald Trump dijo que podía pararse en medio de la Quinta Avenida, dispararle a alguien y no perder un solo votante. Quizás eso siga siendo cierto, pero no quita que haya perdido la mitad de las elecciones en que se presentó o en que apoyó a sus candidatos. La inmoralidad, en nuestro mundo, tiene algo que ver con la inmortalidad. Orbán también se creyó inmortal y, aunque no está muerto, lo está políticamente. No sabemos cómo sobrevivirá Javier Milei a su soledad nacional e internacional, pero la idea que la izquierda se había ido comprando, la de su seguro y trágico declive y su divorcio total con los votantes, quedó en duda estas semanas, como tantas otras.
La victoria de Lula, que se le atribuye a un ejército de soldados en las redes sociales, se debe ante todo a que le recordó al papanatas que tenía al frente que el dedo que perdió lo perdió trabajando. No hubo ninguna innovación ideológica entre la primera y la segunda vuelta: Lula solo volvió a llegar a la gente a la que ya no llegaba por ser parte de la élite. Lo hizo en el lenguaje de la batalla cultural, el mismo que usaron Chávez y Podemos: dividir el mundo entre élite y pueblo. Ese lenguaje suele durar solo hasta que se gobierna, porque no se puede ser élite y pueblo al mismo tiempo. Solo se puede si te falta un dedo que perdiste en una máquina, no si eres un heredero que trabajó toda la vida para su papá.
A los trabajadores empobrecidos por la era de la IA, a los ciudadanos pobres de un país rico para muy pocos, no les importó que su candidato a senador tuviera un impronunciable apellido árabe, ni que otros fueran judíos, gays o trans. Les habría importado, quizás, si el petróleo no estuviera por las nubes y la inflación no galopara. A los argentinos, por lo mismo, no les importó que Milei insultara al Papa y clonara a sus perros muertos, como a los alemanes, arruinados por la crisis, tampoco les importó que Hitler no estuviera en sus cabales y fuera un antisemita patológico. La inflación, que es la forma económica de la locura, pone a los electores ante una decisión imposible: confiar en quien esté dispuesto a hacer algo para remediarla. Algo, lo que sea. Cuando el pensamiento racional no funciona, el pensamiento mágico nunca es del todo una locura.
Estas elecciones dejaron en entredicho miles de kilos de papers y artículos sobre el nuevo ciclo iliberal de la política mundial, sobre la crisis radical de la izquierda y su impotencia frente a los algoritmos y las redes sociales. La utopía liberal quedó otra vez pospuesta, y la batalla cultural probó que nunca quiso ganar la guerra y que nunca le importó la cultura. Chávez, que fue el padre de la nueva manera de comunicar la política, es decir, de hacerla, se preocupó de cambiar la Constitución para que sus cambios fueran irreversibles. El carácter iliberal de su discurso coincidió con la construcción de instituciones al margen de cualquier consenso liberal, e incluso más allá de la forma socialista de esas instituciones. Trump no hizo eso, aunque no ha dejado de coquetear con la idea. Tampoco lo hicieron Milei, Netanyahu ni Bolsonaro. Orbán sí cambió la Constitución, pero nunca rompió con Bruselas, de cuya plata vivía, y el cambio no llegó al fondo: tenía instituciones, pero no tenía cultura.
Para los demás, no hacer esos cambios supone un peligro no solo ideológico sino personal: casi todos pueden pasar fácilmente de presidente a presidiario, como ya le sucedió a Bolsonaro. Su política, basada en una profunda ludopatía, juega con el límite pero no lo atraviesa del todo, en parte, creo, por falta de cultura. No por falta de lecturas o de horas de cine, sino por la ausencia de un proyecto ideológico orgánico y organizado, de una idea del mundo que no sea la que les dictan un par de profetas locos de las nuevas tecnologías que nunca han ganado ni ganarán elección alguna.
La nueva derecha, compuesta por todo tipo de mercenarios que alguna vez pertenecieron al bando contrario, sabe a qué se opone, y no es la izquierda ni el wokismo, sino el consenso liberal de los años noventa: el euro, Maastricht, Tony Blair, Bill Gates, los tratados de libre comercio, en lugar del libre comercio personal entre mandatarios, sin supervisión de ninguna institución de control. Lo que les repugna es la cultura del fin de la historia de Fukuyama. En Chile esos fueron los años de gloria y prosperidad, lo que vuelve aún más complicado el discurso de José Antonio Kast, el más pálido, el menos lúcido y el más vacío de los líderes de la batalla cultural. No puede atacar el consenso de los noventa sin atacar el modelo de los Chicago boys que ese consenso administró, ni celebrarlo sin celebrar a la Concertación.
La falta de canciones, de cuadros, de humoristas o de películas de esta nueva derecha coincide con un momento de decadencia intelectual de la cultura de izquierda. La denuncia de esa decadencia es el alimento de la batalla cultural. Este mundo homogéneo de sirenitas negras y de Óscar y Emmy repartidos entre toda suerte de diversidades despierta en cualquier rabioso de las redes, en cualquiera un poco despierto, una indignación comprensible. Pero esa indignación no lo lleva a escribir ni a filmar nada. Hay, es cierto, una cultura nueva de podcasts y streaming, pero es una cultura parasitaria: necesita que alguien filme La bola negra o La ola, o que Isabel Allende gane el Planeta, para tener algo que destruir. Los únicos artistas de la derecha eran cantantes al estilo de la nueva trova cubana (Óscar Andrade, Alberto Plaza, Pablo Herrera) que ya no cantan.
La cultura de izquierda, mientras tanto, recibe del gobierno de Kast recortes y desprecios, se reúne a consolarse a sí misma y repite los mismos lugares comunes cómodos en que se ha ido empantanando. Una batalla cultural como Dios manda debería, al revés, financiar abundantemente los ejemplos de lo que considera cultura. Chávez lo entendió: financió orquestas, cine y editoriales. Esa sería la grandeza de una batalla cultural: dejar algo que se pueda leer, mirar o cantar cuando el gobierno que la libró ya no exista. Pero los únicos libros que lee Milei son de economía, y es el único dirigente de la nueva derecha que lee algo.
Esa falta de proyecto es, sin embargo, un proyecto en sí. Lo vemos con claridad en la figura de José Antonio Kast. Odia a la derecha cobarde, lo sabemos, pero no hace nada distinto de ella. A la izquierda no la odia: la mira con total extrañeza, como una especie de locura. Neruda, Mistral, los Parra y Matta le son extraños, pero no piensa agregar ni quitar nada a ese Olimpo nuestro. Es mucho más alemán que cualquier alemán, y lo es porque es impermeable a cualquier chilenidad. Creo que en Düsseldorf también sería un extraño. Las cosas que quiere cambiar no son cambiables, y él mismo lo sabe. Las que quiere conservar también quiso conservarlas Boric. El único sueño que abriga es el de una contrarreforma económica que lo devuelva al paraíso soñado de los Chicago boys, una historia mal contada y heroica de la que fue parte su hermano mayor, muerto y por eso mitificado. El resto, cree, es administración, y la administración se administra sola. Es evidente que no es así, pero eso le importa poco. No hace mucho porque piensa, en el fondo de su alma, que hay poco que hacer: trabajar mucho, llegar temprano y salir tarde, ducharse todas las mañanas, lavarse los dientes, cortarse el pelo una vez al mes y saludar a los vecinos con una buena sonrisa.
Trump, por cierto, no se baña todos los días ni saluda a los vecinos, y coquetea con el nativismo y con otras ideas filorracistas y aislacionistas. Aun así, le bastó que Netanyahu lo convenciera de que podía alcanzar la gloria haciendo lo contrario de lo que había prometido para salirse del libreto que la Heritage Foundation le había escrito y que él nunca leyó, y para que todo se le fuera a las pailas. Si el péndulo vuelve al otro lado, Trump habrá conseguido toda suerte de récords, muchos millones para él y sus cercanos, y poco más. Su herencia estará en billeteras de criptomonedas a nombre de sus hijos, pero los libros de historia no registrarán ninguna enmienda constitucional que importe. Dejará, es cierto, una Corte Suprema para treinta años, pero comparado con el cambio cultural de Roosevelt, de Reagan o incluso de Clinton, es bien poco para dos gobiernos. La doctrina Donroe durará lo que duren los gobiernos más o menos demenciales que Trump decidió apoyar. Quizás, solo quizás, logre que Groenlandia sea territorio estadounidense. Dos hielos para la Coca-Cola Light: no es mucho, pero algo es algo. Un descanso entre una ronda de golf y otra.