Secciones
País

Karen Thal, presidenta de Cadem: más colaboración y menos ideología

Lleva treinta años escuchando a los chilenos. Treinta años en los que ha sido testigo directo de los vaivenes de la gente, de sus miedos más profundos y también de sus grandes sueños. Karen Thal hace un diagnóstico certero y en tiempo real de lo que se vive hoy puertas adentro en nuestro país… y anticipa por qué el próximo ciclo político será decisivo para reconstruir la confianza perdida y evitar un nuevo quiebre en el ánimo nacional.

Con más de tres décadas realizando focus group, y con casi cinco mil de ellos a su haber, es razonable decir que Karen Thal es una especialista en el estado de ánimo de Chile. Ha escuchado a muchos chilenos de todos los segmentos sociales, económicos y culturales, a lo largo de muy distintas etapas de nuestra historia reciente.

—¿Cómo está Chile hoy?
“Deprimido. Siempre ocurre que, ante la expectativa de una elección y un nuevo gobierno, el ánimo mejora un poco. Los indicadores suben, se tienden a renovar las expectativas y la gente logra ver algo de luz. Pero eso dura uno o dos meses. Si hacemos una mirada más profunda y permanente, lo cierto es que los chilenos estamos desmoralizados hace bastante tiempo”.

—¿Cómo dice la gente que sería nuestro país si fuera una persona?
“Un hombre de unos cuarenta años, triste, mal vestido, desaseado, que no sabe para dónde va, que un día quiere una cosa y al siguiente quiere otra. Un hombre deprimido, empobrecido, al que no le alcanza para llegar a fin de mes, que vive con los papás porque no puede mantenerse solo, que está angustiado, empastillado, sin esperanza”.

—¿De dónde viene esa percepción tan dura?
“Tiene que ver, sobre todo, con los dos procesos constituyentes fallidos, con la sensación de inseguridad permanente, con la impresión generalizada de que las ciudades son hoy lugares feos y malolientes, llenos de carpas, con una migración descontrolada”.

—¿Y el estallido social no tiene ninguna relación?
“En realidad, esa sensación de desesperanza es posterior. Aunque se nos haya olvidado, el estallido fue un tiempo de ilusión para la mayoría de los chilenos. La gente estaba feliz, había una sensación de haberse encontrado, salían a las calles, se juntaban en las plazas, sentían que por fin podían expresar su descontento y estar unidos en eso. Todo eso duró hasta mediados del primer proceso constituyente”.

—Fue un periodo de mucho miedo y violencia también.
“Por supuesto. No pretendo hacer una apología del estallido. No estoy hablando de la gente que quemó el Metro ni de los que aprovecharon las manifestaciones para destruir; hablo de la otra gente, la que apoyaba la movilización pacífica. La gente se mantuvo muy esperanzada hasta que la convención se empezó a desconectar de sus reales preocupaciones”.

—¿Qué esperaban los chilenos de esa primera Convención?
“La gente salió a las calles porque quería una mejor calidad de vida: mejor salud, mejor educación, mejores pensiones. Y la Convención se desconectó rápidamente de esas preocupaciones, comenzaron a discutir sobre cosas que estaban muy alejadas de eso. Luego llegó la pandemia, la crisis económica y apareció la delincuencia, como no la habíamos visto hasta entonces. Empezaron los homicidios, los secuestros. Todo eso cambió las prioridades de la gente y el ánimo mutó a miedo, sin duda”.

—¿Cuáles son las prioridades de la gente hoy?
“Seguridad y economía. Los chilenos quieren vivir tranquilos y poder llegar a fin de mes. El problema es que el 60% vive con menos de 600 mil pesos. ¿Cómo no se van a sentir frustrados?”.

—En ese sentido, ¿está pendiente un debate sobre el modelo?
“La gente no está en contra del modelo, entiende que es lo que nos permitió crecer entre 2003 y 2013. Pero quiere que sea beneficioso para todos, no solo para un grupo chico. Los chilenos están fastidiados de la política, fastidiados de que los privilegios sean sólo para la élite”.

—Hablabas del golpe enorme que fueron los procesos constitucionales fallidos. ¿Dirías que el rechazo a la primera Constitución generó también un cambio de ruta?
“Sí, porque un 62%, de los chilenos se mostró en otra sintonía. La pandemia ocultó un rato la realidad, pero luego el crimen organizado empezó a ser parte de la vida cotidiana de las personas. Eso cambió completamente el panorama. La posibilidad de morir acribillado comenzó a ser real. La gente tuvo que cambiar sus hábitos, ya no quisieron que los hijos fueran caminando al colegio o salir en la noche en locomoción colectiva. El 60% de los chilenos se encierra hoy más temprano y vive diariamente con temor. Entonces las necesidades sociales pasaron a un segundo plano, ahora lo que la gente quiere es simplemente sobrevivir”.

—Y la segunda Convención, ¿de qué modo nos afectó el ánimo?
“La primera fue una desilusión grande, la segunda fue un golpe bajo. Nos volvimos a esperanzar y otra vez quedamos en el suelo. Entonces, ¿cómo no vamos a estar deprimidos? Fue todo muy frustrante, la gente tenía expectativas de que sus vidas iban a cambiar y, al final, después de todos estos años, nada se resolvió. Hoy no tenemos mejor salud, no tenemos mejor educación, no tenemos mejores pensiones, la gente no tiene mejor calidad de vida y, además, somos un país más pobre, más desigual y mucho más peligroso”.

—¿Hay algo hoy que nos ilusione, que nos haga soñar como país?
“Cuando estás deprimido, es difícil poder visualizar un sueño, más aún uno que nos convoque a todos. Cuando ponemos a la gente a imaginar cuáles son los tesoros que definen a Chile, aparecen la cordillera, la bandera, el dieciocho y la capacidad de levantarnos ante una catástrofe. Pero no hay nada más allá. No hay aún desde dónde construir ese sueño común”.

—¿Y el sueño individual?
“Es tan simple como vivir tranquilos. Ésa es la gran ambición de los chilenos. Tener una casa, que los niños puedan jugar afuera, que haya un área verde cerca, salir a la calle sin miedo a que alguien los mate. Ojalá tener un auto y, en el verano, poder irse unos días de vacaciones con la familia a la playa”.

—Si vamos más atrás en nuestra historia, ¿cuál ha sido el gran sueño del país y cuándo se sintió con más fuerza?
“Hubo un periodo en que la gente soñaba que íbamos a ser un país desarrollado. ¿Qué significa realmente eso para las personas? Que, si el país crecía, mis hijos iban a tener una mejor vida que la que yo tuve. Hoy los datos nos dicen que los hijos de la generación adulta no van a estar mejor que sus padres. Hay una sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. El sueño común existió durante los 30 años en que el país creció al 4,5%, especialmente entre 2003 y 2013. Pero luego dejamos de crecer y el sueño se desplomó. El ánimo se fue al suelo, llevamos muchos años sin crecimiento. Ésa fue la principal causa del estallido social y es la causa del actual estado depresivo”.

—Lo urgente ahora son la seguridad y la economía. Sin embargo, sin educación de calidad no vamos a tener nunca un crecimiento económico sostenido…
“Lamentablemente es así. Todos esos niños que hoy día no saben leer, o no entienden lo que leen, no van a poder aprender lo que necesitan para trabajar. Y, cuando salgan a formar parte de la fuerza laboral, van a hacer agua. Lo ideal sería solucionar todo en paralelo, caminar y mascar chicle a la vez, pero lo realista es gestionar la urgencia y luego enfocarse en necesidades más estructurales”.

—¿Qué balance haces del actual gobierno?
“Creo que éste fue un gobierno que no pudo hacer prácticamente nada de lo que estaba en su programa, porque cometió el error de condicionar ese programa al resultado del plebiscito. Nunca imaginaron que lo iban a perder y, al hacerlo, su programa entero perdió sentido. Entonces tuvieron que alejarse del programa y ponerse a administrar las prioridades de la gente, con un problema profundo en la capacidad de gestión. Lo más importante que pasó en este gobierno es que se aprobó la reforma de pensiones, pero lo increíble es que es una reforma que está a la derecha de la de Piñera, muy diferente de la que estaba en el programa inicial de Boric: más AFP, capitalización individual, nada de izquierda”.

—¿Vuelve Boric en 2030?
“Creo que sí. Es un hombre muy joven, le quedan demasiadas elecciones por delante. Hay un 30% de los chilenos que lo adora, que son sus fans. E incluso entre quienes lo desaprueban, porque creen que hizo una pésima gestión, hay muchos a los que cae bien, que lo consideran una buena persona. Incapaz de gestionar el país, pero cercano y con buenas intenciones. Eso sí, cuando vuelva, no será el mismo Boric. Su próximo gobierno estará mucho más cerca de la social democracia que de Giorgio Jackson”.

—Vamos a la primera vuelta. ¿Qué mató a Matthei?
“Matthei iba muy bien mientras era alcaldesa, lideraba las encuestas con mucha claridad y, una vez que salió de la alcaldía, no logró instalar una campaña presidencial con la fuerza que se necesitaba para ganar. Se demoró mucho en formar un equipo sólido y se cometieron errores. La gente valora mucho la consistencia y Matthei nunca definió bien si estaba luchando dentro de la derecha o de la centroizquierda. Le hablaba a unos y perdía a los otros”.

—Uno tendería a pensar que eso era una fortaleza, en el sentido de mostrarse como una persona más dialogante, menos ideologizada…
“Una cosa es ser más dialogante y otra no saber quién eres o no saber mostrarlo con claridad. El solo hecho de decir que no sabía si daría su apoyo en segunda vuelta a José Antonio Kast, la terminó de sepultar. Eso, para la gente de derecha, fue inaceptable. Por otro lado, decir que los muertos eran inevitables en Dictadura, lo que es muy doloroso para la gente de centroizquierda, fue grave. Entonces se movió para un lado y para el otro, sin establecer claramente quién era. Eso la mató. Kast hizo todo lo contrario. Su campaña fue tremendamente consistente. No cometió los errores de 2021, que básicamente tenían que ver con meterse en los temas valóricos, y hoy es el que parece conectar mejor con los problemas de las personas… Aunque no del todo, sino habría ganado altiro en primera vuelta.

—No es que Chile se derechizó, como señalan algunos…
“Para nada. Cada vez que hay cambios viene la política e interpreta que la ciudadanía votó por una ideología en particular. Cuando la ciudadanía eligió la Convención, la Convención entendió que la gente quería una constitución de izquierda. Luego la gente votó por los republicanos, entonces se interpretó que la gente quería una constitución conservadora. Cuando se eligió a Boric, Boric interpretó que Chile quería un gobierno de izquierda. Y Chile no se pone ni de izquierda ni de derecha. Las personas no miran la realidad desde esa lógica. Los chilenos tienen necesidades urgentes y cuando alguien sabe interpretarlas y muestra capacidad de gestión, votan por esa persona. Por eso, si la persona electa empieza a instalar su ideología y a alejarse de lo urgente, inmediatamente la gente se desconecta”.

—¿Se vislumbra una nueva luna de miel corta, entonces?
“Muy corta porque la expectativa es enorme. La de Boric duró dos meses, ésta podría durar menos. Así que es clave que el nuevo gobierno dé resultados rápidos o que, al menos, genere la sensación en la ciudadanía de que la seguridad mejora y la economía crece. De no ser así, la gente rápidamente va a querer estar del lado contrario”.

—No parece haber una visión de largo plazo…
“Por eso es clave que el nuevo gobierno haga un delivery, que no se desconecte de la urgencia y no empiece a discutir sobre cosas que no tienen que ver con los problemas de la gente. Que el gobierno de emergencia que se ha prometido, realmente sea un gobierno de emergencia”.

—¿Y si no es así?
“En esta elección nos jugamos la credibilidad del sistema democrático. La gente le ha dado la oportunidad a todos los sectores; ahora al parecer serán los republicanos. Pero ya no van quedando más opciones. Si la política no es capaz de dar solución a los problemas, si se ponen a debatir cosas que no son urgentes, la gente empezará a dudar de los beneficios de la democracia. Si tú miras la encuesta CEP, un 48 % cree que la democracia es mejor a cualquier otro sistema de gobierno. Pero el resto considera que, en algunas situaciones, es mejor un gobierno autoritario. ¡Eso es muy peligroso! Nuestra democracia no puede ponerse en discusión”.

—¿Hay un riesgo real de otro estallido social?
“No. Movilización y protestas vamos a tener de todas maneras, pero no con la aprobación social que hubo en el estallido, que fue lo que hizo que se encendiera tanto el ambiente. Veo una tremenda diferencia respecto de 2019. Si tú miras las encuestas de ese año, había un grupo muy importante que
legitimaba la violencia como forma de obtener cambios y había también un nivel bajísimo de confianza en Carabineros. En cambio hoy la gente no cree que la violencia sea legítima y la confianza en Carabineros —con la influencia del miedo a la delincuencia— es del 80%. Es otro Chile, muy diferente. Con otras prioridades y otro ánimo”.

—El desafío para Kast, entonces, en caso de salir electo, es mantenerse alejado de los temas valóricos y gestionar rápido y bien…
“Totalmente. El gran riesgo es que se sobre interprete la motivación del voto. Si sale electo, José Antonio Kast no debe asumir que los chilenos se pusieron conservadores ni instalar un programa de gobierno con su mirada. Si es electo, será porque la gente considera que es quien mejor puede gestionar una solución para la delincuencia y la economía. La gente quiere a alguien que muestre resultados que le impacten en su día a día, ahí está la expectativa”.

Nadie logrará el éxito solo

“Como país tenemos que proponernos salir del inmovilismo en que estamos y, para eso, hay que tener la voluntad real de llegar a acuerdos”.

—Has dicho que los principales problemas que tiene Chile hoy no se deben a falta de recursos, sino a la falta de voluntad política. ¿Cómo se logra un trabajo permanente entre la sociedad civil, el Estado y la empresa, que redunde en políticas públicas efectivas?
“Con más colaboración y menos ideología. Las dificultades que tenemos como país son tan complejas, que nadie va a poder darles solución trabajando solo. Se requiere colaboración, no hay otra forma. El problema es que muchas veces la intención de colaborar choca con la ideología. En Icare —junto con McKinsey, la ACHS y la Asociación de Clínicas Privadas— hicimos una propuesta contundente para terminar con las listas de espera, pero no logramos llevarla a puerto porque implicaba licitar más a los privados y eso era algo que el gobierno de izquierda no estaba dispuesto a hacer. ¿Por qué? Por ideología. ¡Eso es dramático!”.

—Volvemos a las desconfianzas…
“Sin duda. Pero hay que dejarlas de lado, darnos una oportunidad, colaborar. Ésa es la única manera y yo
creo que hay muchos que tienen la voluntad de avanzar en ese sentido”.

—En este contexto de país deprimido, atemorizado y desconfiado, ¿cómo se construye la cohesión social?
“Haciendo la pega. Es cierto que la gente ha perdido la confianza en las instituciones, pero cuando ven a alguien que gestiona, que se toma su trabajo en serio, rápidamente la percepción mejora. Un ejemplo perfecto de esto es Dorothy Pérez. La contralora tiene hoy un 77% de evaluación positiva. Ella representa a una institución, pero es una persona que ha demostrado capacidad de gestión. Si hiciéramos un barrido e incorporáramos muchas más Dorothy Pérez en todas las instituciones, inmediatamente se podrían reconstruir las confianzas. Si el Congreso legislara a favor de los problemas de la gente, si el gobierno resolviera las urgencias de la gente, si el Estado se modernizara y hubiera una voluntad política real de agilizar los procesos, otro sería el estado de ánimo de los chilenos, tendríamos otro Chile”.

Notas relacionadas