Más de una década lleva Chile en su invierno demográfico, el término utilizado para describir el descenso sostenido de la natalidad y el envejecimiento progresivo de la población. Por primera vez en su historia, en el país nace menos de un niño por mujer (0,99, según el Instituto Nacional de Estadísticas) y en casi la mitad de las 346 comunas, mueren más personas de las que nacen.
Lo alarmante de la caída de los índices de fecundidad dada a conocer por el INE hace algunas semanas es que estos se ubican muy por debajo del guarismo necesario para asegurar el recambio generacional (2,1 hijos por mujer).
Futuro poco prometedor, salas cunas y corresponsabilidad en deuda
Expertas en natalidad plantean que las razones por las que hay cada vez menos niños no se reducen únicamente al costo que esto significa. La socióloga Martina Yopo dijo a La Tercera, cuando publicó su libro sobre las maternidades y sus desafíos en Chile, que la movilidad social supone que “si quieres salir de la pobreza, convertirte en una familia de clase media, que tus hijos puedan acceder a la educación superior, tener una buena casa, un auto, debes tener pocos hijos”.
Sumado a ello, las políticas para prevenir el embarazo adolescente entre los 90 y los 2000 han tenido “otra arista, ya que las personas que tienen 30 o 40 años fueron socializadas con este mandato de identificar el embarazo con algo negativo que hay que evitar“. Otro de los motivos tiene relación con escenarios distópicos, inspirados en crisis políticas, climáticas o sanitarias. “Muchas personas me dicen que no hay futuro para tener hijos“, acotó la experta.

Consultada por EL DÍNAMO, la docente de Economía y Negocios de la UAH y experta en temas de natalidad, Mónica Soto, sostiene que “hoy muchas personas no necesariamente rechazan tener hijos, pero sienten que las condiciones materiales no acompañan esa decisión. A esto se suma una cultura de crianza cada vez más exigente: se espera que las familias inviertan más tiempo, dinero y recursos emocionales en cada hijo. La maternidad y la paternidad se vuelven decisiones más tardías y, muchas veces, más restringidas”.
“Hay una brecha importantísima en las salas cunas: alrededor de más del 50% de los niños que las requieren no tienen dónde ir. Los costos asociados a vivienda y sala cuna son altísimos y no están garantizados por el Estado. La corresponsabilidad no es real en Chile. El cuidado de niñas y niños recae normalmente en las mujeres. Los altos costos emocionales en los proyectos de vida que tienen las mujeres, también influyen negativamente en el deseo de tener hijos, y si los tienen, no es más de uno”, puntualiza a este medio Marcela Puentes, directora Escuela de Obstetricia y Neonatología de la UDP.
La experiencia internacional
En el resto del mundo, el panorama tampoco dista del chileno. Hace 10 años China tuvo que abolir su medida emblema de control demográfico —la política del hijo único— ante el envejecimiento poblacional. El desequilibrio generacional no ha podido ser solucionado, pese a sumar otras medidas como el impuesto a métodos anticonceptivos y beneficios económicos para niños menores de tres años.
Durante la década del 2010, Hungría pareció frenar su descenso de la tasa de natalidad luego de que el gobierno de Víktor Orbán entregase facilidades para préstamos y subvenciones a quienes deseen tener hijos, estén casados y tengan empleo formal. Pero, según recoge la BBC, la tasa volvió a caer casi a los mismos niveles que motivaron la implementación de estas políticas. Corea del Sur, aunque ha repuntado en los últimos dos años, tampoco ha revertido su escuálida tasa de 0,80 hijos por mujer, pese a los generosos incentivos económicos que ofrece a padres en etapas iniciales. Expertos hicieron ver al citado medio que en este caso las deudas en corresponsabilidad y la falta de flexibilidad laboral para mujeres han incidido en estos resultados.
Suecia, con sus medidas para conciliar la vida laboral y familiar, hacer el cuidado infantil más asequible y universalizar la educación preescolar, logró hacer que la tasa de natalidad pasara de 1,5 a 2,0 en la primera década del 2000. Pese a que en los 10 años siguientes esta volvió a descender, los países nórdicos se mantienen a la cabeza de los índices de natalidad junto a los países balcánicos, que tienen un concepto más arraigado de la estructura familiar.

“La experiencia a nivel internacional muestra que ningún país ha logrado revertir de manera sostenida la baja fecundidad solo con bonos o subsidios. Los países nórdicos, aunque tampoco han revertido completamente la tendencia, sí han construido condiciones más favorables para que tener hijos no implique una penalización tan alta, especialmente para las mujeres”, reflexiona Mónica Soto.
“Para Chile, la estrategia más adecuada no debería ser copiar un modelo único, sino combinar políticas. Se requiere apoyo económico, pero este debe estar integrado a una política mayor: sala cuna universal, horarios laborales compatibles con la crianza, licencias parentales más equitativas, acceso a vivienda, salud reproductiva y tratamientos de fertilidad, además de una política migratoria ordenada que reconozca el aporte demográfico de la población extranjera. La clave es entender que la natalidad no aumenta solo porque el Estado entregue un bono. Las personas tienen hijos cuando sienten que pueden sostener ese proyecto de vida”, añade.
La ruta de Chile para revertir el descenso de la natalidad
En su pasada cuenta pública, el presidente José Antonio Kast dio a conocer el Plan Chile Renace que, entre las medidas destinadas a fomentar la natalidad, entrega un bono de $30 mil a familias pertenecientes al 80% más vulnerable que tengan niños de entre 0 y 13 años. El monto se ubicó muy lejos del bono universal de $1 millón por hijo propuesto por el mandatario en campaña.
Por entonces, Kast ya recibía críticas tanto por el monto propuesto como por la supuesta insuficiencia de la medida como fomento único. “Es irrespetuoso pensar que ese bono va a favorecer la natalidad, teniendo en claro que la UNICEF habla de que un niño o una niña requieren de alrededor de 550.000 pesos para poder subsistir. Treinta mil pesos no alcanzan a ser el 10% de lo que se requiere”, apunta Marcela Puentes.

“Puede tener un valor comunicacional, pero difícilmente modificará decisiones reproductivas. Tener hijos implica compromisos económicos, laborales y de cuidado de largo plazo. Por eso, los incentivos monetarios aislados suelen tener efectos limitados si no están acompañados de servicios públicos robustos y seguridad social”, advierte al respecto Mónica Soto.
La ruta delineada por Kast también incorpora la creación de una comisión asesora presidencial que ya fue constituida por académicos y otras personalidades políticas, además de modificaciones legales para facilitar la detección temprana de la infertilidad, su prevención, así como el acceso a la información de esta condición.
“El 15% de la población chilena que vive en pareja y que desea un hijo o una hija va a tener problemas de dificultad para tenerlo, por edad o enfermedad, pero la detección temprana no tiene ningún efecto si no nos hacemos cargo de poder sustentar los recursos necesarios para que quienes tengan infertilidad realmente tengan acceso a tratamientos”, acota la académica UDP
Para Mónica Soto, por su lado, “en un país donde la maternidad se está postergando, informar oportunamente sobre fertilidad, reserva ovárica, riesgos reproductivos y alternativas de tratamiento es fundamental. Pero también se requiere equidad: no basta con diagnosticar problemas de infertilidad si los tratamientos siguen siendo inaccesibles para una parte importante de la población”.