Con el homicidio de Alejandro Águila la discusión natural que surgió fue sobre sanciones penales para adolescentes. Y si bien es un debate importante, creo que se queda corto ya que también habría que preguntarnos cómo llegamos hasta aquí, cómo llegamos a una sociedad donde la violencia parece cada vez más normal.
Una indiferencia que se construye lentamente, en silencio, cuando la impunidad se instala en lo cotidiano y las normas básicas de convivencia dejan de respetarse.
El ejemplo que más me impacta es la evasión del transporte público. En Santiago, el 36,5% de los pasajeros no paga su pasaje. Uno de cada tres. Eso va mucho más allá de un problema económico. Es la señal de que el otro me importa poco, de que las reglas son opcionales y de que incumplirlas no tiene consecuencias.
Lo mismo pasa cuando normalizamos rayar un muro, aceptar que el narcotráfico se apropie de una plaza o mirar para el lado ante una pequeña transgresión. Cada una parece menor. Pero todas transmiten el mismo mensaje, que el límite puede correrse un poco más. Y así, poquito a poco, se va deshilachando el tejido social. Se debilita la confianza, disminuye el respeto por el otro y vamos rebajando, casi sin darnos cuenta, las barreras de lo que consideramos aceptable.
Cuando ese tejido se rompe, dejamos de sentirnos parte de una comunidad. Las normas pierden legitimidad. Y cuando las normas pierden legitimidad, comienza a imponerse la ley del más fuerte. La intimidación reemplaza al respeto, la empatía se desvanece y la violencia encuentra terreno fértil para escalar, volviéndose cada vez más cruel.
Frente a esto, la prevención sigue siendo la mejor inversión que podemos hacer. Fortalecer a las familias, acompañar a los niños desde la primera infancia y construir comunidades donde cada persona sea querida, cuidada y llamada a responder por sus actos reduce significativamente el riesgo de que la violencia se instale.
Pero la prevención sola no alcanza. También necesitamos sanciones oportunas y proporcionales, porque una sociedad que no hace cumplir sus normas termina enseñando que da lo mismo cumplirlas.
Mientras sigamos tolerando las pequeñas transgresiones cotidianas, no deberíamos sorprendernos cuando aparezcan las grandes. La prevención es, por lejos, la política pública más rentable. Las sanciones son indispensables para que las normas vuelvan a tener sentido. Renunciar a cualquiera de las dos es seguir dejando espacio para que la ley del más fuerte se imponga.