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Hey Judd

Donald Trump y su canciller Rubio no pusieron a un guardia fronterizo en la embajada de Chile solo por agradecimiento a su lealtad política, sino para dejar en claro que Chile es eso mismo, un puesto fronterizo.

Hay gente que se parece a la profesión que escoge. Gente que parece haber nacido para el rol que, con mucha sensatez, la vida les dio. Brandon Judd, de lejos y de cerca, parece lo que casi toda su vida ha sido: un guardia. O jefe de guardia, más bien. Podría haber trabajado en una discoteca, en un bar, de gendarme en una prisión, en un estadio, con la misma efectividad, pero lo hizo en la frontera de su país, Estados Unidos. Alto, calvo, nariz de ave rapaz, ojos que se concentran sin contemplación sobre su contrincante, uno lo imagina interrogando sin piedad a los inmigrantes, indocumentados o no. Uno se lo imagina mirando con sospecha los papeles que le muestran. Uno se lo imagina poniendo nervioso, con su solo silencio, al que quiere pasar el borde del mundo que quiere proteger. Uno se imagina que hace ese trabajo ingrato y duro con pasión, con paciencia, quizás porque es más que una profesión: es una fe, una visión de la realidad que divide el mundo en los buenos a un lado de los alambres de púa y los malos del otro.

Brandon Judd escogió una profesión que se le parece, pero Donald Trump eligió para él otra que parece estar en las antípodas de su carácter, experiencia o forma de comprender el mundo. Brusco, equívoco o directamente equivocado, nada sutil, ni gentil, ni estratégico, se podría enseñar en las escuelas de diplomacia todo lo que un embajador no tiene que hacer usando estos meses que lleva en Chile. En menos de diez meses ha opinado sobre el estallido social de 2019, la Visa Waiver, los aranceles, el cable submarino con capitales chinos y el Escudo de las Américas, y ha sido citado más de una vez a la Cancillería a dar explicaciones. El episodio más reciente fue también el más torpe: aseguró en una entrevista que la inteligencia de su país vinculaba categóricamente el origen de las protestas de 2019 con organizaciones de izquierda, para terminar reconociendo, después de ser citado por el canciller, que Estados Unidos no tenía ninguna investigación ni ningún documento sobre el estallido.

No ha tenido empacho en querer ser parte de la política local, pero lo ha hecho con tan poca sutileza y coordinación que solo ha conseguido perjudicar a sus aliados políticos. Y hasta esto lo ha hecho mal, perdiéndose en explicaciones inexplicables y demostraciones de poder en que solo pierden el tiempo los que no están seguros de tenerlo.

Donald Trump y su canciller Rubio no pusieron a un guardia fronterizo en la embajada de Chile solo por agradecimiento a su lealtad política, sino para dejar en claro que Chile es eso mismo, un puesto fronterizo. La duda aún no resuelta del todo es saber si el territorio chileno está de su lado de la frontera o no. Argentina, como Venezuela, ya está del lado americano. Su soberanía ya no está en cuestión porque, en la realidad concreta de la política real, su economía no existe sin la dirección de los Estados Unidos. No son patios traseros de Estados Unidos sino bodegas de materia prima administradas por bodegueros más o menos eficientes.

No vale la pena repetir aquí las quejas de antiimperialismo con que la izquierda latinoamericana hacía patente una cierta nostalgia colonial. Donald Trump no quiere dominarnos ni culturalmente, ni exportar los valores de una democracia representativa en la que tampoco cree, ni impedir la llegada de algún comunismo fantasma. No nos quiere seducir o invadir porque ya nos considera algo plenamente suyo. Quiere lo que le podemos dar, que es, en la guerra por venir entre las empresas de IA, energía, agua, materia prima, mucha materia prima.

No estoy aquí ni descubriendo ni denunciando nada, solo constatando lo que son abiertas y públicas declaraciones del presidente de Estados Unidos. Su embajador no necesita repetir nada de eso porque su forma de actuar ya lo dice todo claramente. Tiene en el gobierno de Kast un aliado claro y sin ambigüedad, pero no quiere un aliado, quiere un empleado. Tiene una economía abierta que busca inversiones y cree en los principios que los Estados Unidos dicen creer, pero no castiga por eso y pone tasas e impuestos. Informarle al canciller de sus dichos, coordinar con él o con las embajadas de sus aliados le resulta totalmente innecesario. Está en su caseta vigilando su alambre de púa. Desde el torreón ve a los indocumentados pasar. Da lo mismo que esta vez el extranjero sea él, que el que tiene que mostrar cartas credenciales es él. Nadie parece haberle enseñado que en la jerga de la diplomacia existe la “persona non grata”. Latinismo que lo dice todo, porque grata significa agradable, significa personas con sentido de la gratitud, de la gracia. Gente que saluda cuando entra, agradece la comida, pregunta al otro cómo está, personas que saben que somos, en las casas ajenas como en la propia vida, invitados.

Brandon Judd, siguiendo a su presidente, se ahorra todas esas formalidades, y es sincero hasta el espanto. Ve en toda inoportunidad una oportunidad más de avanzar la frontera unos metros más. Olvida, como su presidente también, que está de paso, que es el representante de un país que se quedará donde está cuando él deje el cargo. Se olvida de que esa permanencia en la historia es lo que le da sentido a su misión y que, si bien lo nombró un gobierno, el que paga su sueldo es un Estado. Olvida que representa a los Estados Unidos en Chile, el de ayer y el de mañana, y no una administración, esta, que tiene los días contados, aunque pareciera solo saber contar su patrimonio personal. Si Estados Unidos puede darle a América Latina una lección, no es otra que la de haber tenido como primer presidente a un hombre que bien pudo ser nombrado rey y que renunció, después de su segundo mandato, a volver a ser presidente de nada.

Quizás, usando la coincidencia sonora de su apellido, le recomendaría al embajador escuchar más veces Hey Jude, y tomar la canción triste de nuestra relación con Estados Unidos y hacerla mejor. Después de todo, como en la canción, todo el movimiento está en sus hombros.

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Paz Rubio

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio