Mientras escribo este artículo, la zona oriente de la capital se recupera de un alud completamente inesperado. Una gigantesca tromba de agua bajó de San Carlos de Apoquindo arrasando con autos y microbuses, anegando casas e inmovilizando en un enorme taco toda la parte oriente de la ciudad.
Es 9 de octubre, y ayer era 8, y aunque es habitual que llueva en primavera, este octubre ya se perfila como el más lluvioso en 75 años. Los meteorólogos predicen que seguirá lloviendo como ha llovido, de manera completamente desmedida, todo este interminable invierno.
De esto, por cierto, no tienen la culpa ni el gobierno ni la oposición. Acaso el calentamiento global, un fenómeno complejo que lleva mucho tiempo sin solución clara, podría explicar esta sucesión de plagas. Lo cierto es que la tierra y el cielo en Chile nunca han hecho lo que se espera de ellos. Lo cierto es que habitamos de manera testaruda una geografía compleja, donde los volcanes son casi tan habituales como los cerros, los ríos nacen de quebradas, el desierto da lugar al glaciar, y los permisos y las leyes se mueven no pocas veces más allá de lo que una mente previsora indicaría.
Culpar al Gobierno del alud que afecta a la comuna donde tiene a sus electores más seguros, y donde viven muchos de sus ministros y funcionarios, sería de una mala fe increíble. Pero son pocos los que han pensado que este gobierno de emergencia, que ha cumplido tan pocas de sus promesas, ha sido escrupuloso en cumplir con esta: regalarnos emergencias. Es justamente ese concepto, el del gobierno de emergencia, el que valdría reevaluar a la hora en que las siete plagas de Egipto nos asaltan.
El concepto de gobierno de emergencia fue una idea, entre política y publicitaria, genial. Después de varios gobiernos refundacionales, de un estallido y de una pandemia que habían llevado a los chilenos a temer cualquier novedad, el gobierno se planteaba como un salvavidas que rescata a un bañista que nadó demasiado lejos.
Las emergencias que Chile enfrentaba eran para todos evidentes y claras. El país llevaba una década sin crecer, el empleo se estancaba, las cifras de delincuencia y su peligrosidad habían aumentado notablemente. La inmigración, que había permitido al país crecer a pesar de todo, era vista como la raíz de esos dos males, el estancamiento económico y el crecimiento de la delincuencia. El gobierno nuevo tenía entonces una tarea relativamente fácil: aplicar planes y programas enérgicos, impopulares a veces, insensibles otras, para paliar esta emergencia conocida, es decir, controlada.
Pero cualquiera que sepa algo de emergencias sabe que una emergencia controlada deja de ser una emergencia. Que una emergencia conocida es cualquier cosa menos una sorpresa, es decir, una urgencia verdadera. Las emergencias emergen. No avisan, no preguntan, no esperan, no llaman por teléfono.
Recién llegado este gobierno, Estados Unidos empezó a perder una guerra contra Irán que era imposible que perdiera. El precio del petróleo se fue a las nubes. El ministro Quiroz no vio emerger esa emergencia y, por supuesto, no la comprendió. Estaba preocupado de la emergencia del crecimiento y la rebaja de impuestos, estaba obsesionado por un Premio Nobel de Economía que no ganará nunca, y transformó una emergencia en una crisis de la que todo indica que no sabe muy bien cómo salir.
Esta nueva crisis hizo que la otra, la de la delincuencia, pasara a segundo plano, o que pasara a primer plano la confesión de la entonces ministra Steinert de que no esperaba que le pidieran un plan para enfrentar un problema que, de todas maneras, iba reduciendo su impacto en los principales indicadores.
Los inmigrantes que no fueron expulsados masivamente también dejaron de ser una emergencia, porque ya al llegar el nuevo gobierno habían dejado de inmigrar descontroladamente (por razones que nada tenian que ver con el nuevo gobierno), y porque el tiempo había empezado a integrarlos en el tejido social chileno.
Venezuela dejó de ser el país de Maduro para ser un feudo de Trump, y Trump, a través de su embajador, se convirtió en una emergencia, de esas que emergen, de esas que nadie espera, que llevó a un canciller del que nadie esperaba ningún sobresalto a tener que explicar lo inexplicable. Lo mismo Milei, que pasó de ser el amigo seguro con que Chile contaba a ser el enemigo más íntimo del nuevo gobierno.
Todas esas emergencias podían haber sido anunciadas, o preparadas, como la emergencia de ofender y herir a la expresidenta Bachelet y convertirla en la líder de una oposición hasta entonces fantasmal. El ministro Quiroz, nuevamente, no podía saber que el invierno se alargaría hasta la primavera, pero podría haber mirado el mapa de Chile, haber advertido que la mitad del país vive en un clima lluvioso y frío todo el año, y haberse evitado el comentario sobre el precio de la parafina. La ministra Lincolao también podría haberse evitado su comentario sobre los profesores convertidos en vendedores y servicio al cliente, y el presidente Kast el suyo sobre los libros bonitos que no sirven para nada.
El invierno lluvioso es algo que, por supuesto, un gobierno de emergencia no puede predecir, y los probables incendios de este verano tampoco. Ni los terremotos, ni los maremotos, ni las protestas o la falta de ellas pueden prepararse, pero sí se puede saber más o menos cómo reaccionan los chilenos ante esas emergencias. Se puede predecir su solidaridad y su soledad, su desesperación y su paciencia, su frío, su hambre y su risa. Se puede saber, cuando el otro sufre, estar con él.
Las soluciones a los problemas nacen en general de esta compañía en la emergencia. Nacen de escuchar y de dejar que el otro hable. Se trata de saber estar, que es lo que la presidenta Bachelet siempre supo hacer y lo que, de un modo más complejo y contradictorio, también consiguió hacer el presidente Piñera. A la hora de la emergencia, saber sentir y saber dar esa certeza, la de ser atendido, comprendido y apoyado, es lo único que se puede hacer.
Es en esa asignatura esencial donde este gobierno de emergencia no logra emerger. No ha creado aún su forma de estar ahí, su manera de esperar lo inesperado, su modo de dominar la tragedia para extraer de ella sentido. Mientras esto no suceda, todo será sorpresa, error, torpeza y chascarro.
Afuera sigue lloviendo. Y ni siquiera el alud de ayer era del todo inesperado: en enero, otro aluvión había bajado por las mismas quebradas de San Carlos de Apoquindo.