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Nicolás Grau: el castigado

La acusación constitucional contra Grau, alentada por las sospechas del ministro Quiroz, es una venganza a la que le importa muy poco la justicia. Esta es justamente la base misma del bullying: se lo ejerce contra quien se puede ejercer.

El bullying tiene reglas más complejas de las que aparenta en un principio. Es evidente que los niños raros, los demasiado gordos, los flacos, los que tartamudean o cojean son víctimas propiciatorias de éste. Pero puede que un buen alumno, en apariencia perfectamente normal, incluso destacado académicamente, se convierta en el enemigo fácil de todo el patio escolar. Basta para eso que venga de otro colegio y que no tenga en éste amigos que lo protejan. Basta que no se parezca a lo que debería parecerse y que no tenga apoderado o banda de amigos que lo defiendan.

Algo de esto le está pasando al exministro Nicolás Grau. Es cosa de ver su foto entre los otros ministros de Hacienda para darse cuenta de que este generalmente bien evaluado profesor de economía de la Universidad de Chile no encaja en el perfil del cargo que ocupó. De partida, usa barba. El ministro Aninat también lo hacía, pero la suya era una barba de adelantado colonial, una excentricidad del más excéntrico de nuestros ministros de Hacienda. La de Grau, en cambio, es leída como el uniforme de la tribu equivocada. Cuál más, cuál menos, todos los ministros de Hacienda intentaban exudar confianza; Grau solo consigue transmitir seriedad. Todos los demás cultivaron cierta distancia, una seria suficiencia; Grau, en cambio, tiene el instinto didáctico de explicar con peras y manzanas los complicados vericuetos contables del ministerio.

Mucho de lo que explica no es exclusiva responsabilidad suya; mucho es parte de la política de Mario Marcel, que fue ministro de Hacienda de Boric durante tres años y medio, contra los siete meses de Grau. Pero ¿quién se atrevería a acusar al parco y solvente, al hiperpremiado Mario Marcel, de que falta el dinero del vuelto en el ministerio tal o cual? Meterse con Marcel es meterse con Cieplan, es meterse con el director de presupuesto regalón de la democracia. Meterse con Grau, en cambio, es —para sus acusadores— meterse con un exdirigente de la FECh que calculó mal las entradas de una fiesta. Es meterse con uno de los líderes intelectuales del Frente Amplio, con el hijo de una ministra, con todo lo que simbólicamente la oposición a Boric odia. Es meterse, sin meterse, con Boric y su legado. Es, de cualquier modo, vengarse.

La acusación constitucional contra Grau, alentada por las sospechas del ministro Quiroz, es una venganza a la que le importa muy poco la justicia. Esta es justamente la base misma del bullying: se lo ejerce contra quien se puede ejercer. Mario Marcel lanzó esta semana un libro sobre su gestión, “La montaña rusa”, en la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, con el expresidente Boric en primera fila y medio exgabinete celebrándolo. Grau, el acusado, no estaba en la foto.

Nadie se atreve a lanzar sus dardos contra Marcel; para eso está Grau, el alumno brillante que no se viste como banquero, que no hace alarde de su posgrado americano, que se viste como misionero jesuita y representa, en un mundo al que repugna siquiera la idea de Ñuñoa, todo el ñuñoísmo cultural: el profesor de bicicleta y feria libre que la derecha del barrio alto encuentra más irritante que cualquier comunista de manual.

A Grau, es cierto, le aparecieron apoderados de lujo. Cuatro exministros de Hacienda —Marfán, Eyzaguirre, Marcel y Velasco— firmaron una carta advirtiendo que la acusación daña a Chile, y cincuenta y dos economistas de todas las sensibilidades se sumaron al rechazo. No importó. La golpiza siguió igual, programada con cronómetro: el libelo debía presentarse antes del 11 de junio, cuando se cumplían los tres meses desde que Grau dejó el cargo. El combo había que darlo antes de que sonara la campana. Y cuando ni la carta de todos los profesores del colegio detiene al matón, queda demostrado que el castigo nunca fue por la tarea mal hecha. Era por la cara, por la barba, por el colegio del que viene.

Representa también un temor. A medida que las cifras de la nueva gestión van pareciéndose a las que prometió dejar atrás, la sombra de un gobierno anterior, mediocre pero realista, deja de ser una sombra de la que despegarse y se convierte en un espejo. La idea de que, después de todo, en lo económico somos lo que somos, y nos cuesta mucho dejar de ser, es algo difícil de admitir. Grau parece el chivo expiatorio perfecto para creer que esa tendencia triste no es nuestra condición sino, apenas, un error de cálculo. En el patio del colegio lo aprendimos todos: no se castiga al que hizo algo, se castiga al que está solo.

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio