Secciones
Opinión

Bachelet III: esta vez es personal

Puede que esta vez de nuevo sienta que es ella o la nada, que una vez más sienta que debe servir a los que ama y darles voz a los que se están quedando sin voz. Creo que sería un error trascendental, tanto humano como político, pero es difícil, tanto en lo humano como en lo político, descartar ese error.

Cualquiera que inicia una relación sabe cuánto pesa en estos primeros momentos la sombra del ex, o de la ex. Puede ser odiado, querido, añorado o aborrecido, pero sabes que pasarás mucho tiempo pensando en él o ella, resolviendo los problemas que dejó abiertos o comparándote con él o ella. Lo mejor que se puede hacer, se aprende tarde pero se aprende, es justamente no compararte con él o ella. Mejor aún es tenerlo o tenerla satisfecho empezando una nueva vida.

Entre las muchas cosas que no comprendió José Antonio Kast, esta resulta ahora esencial. La presidenta Bachelet no es solo una expresidenta, sino que es LA expresidenta, la única presidenta mujer, la que lo fue dos veces, la que consiguió, independiente de los resultados de sus gobiernos, dejar una imagen de cariño o de respeto en la mayoría de los chilenos.

El mundo de Kast, por cierto, no siente ni esa gratitud ni ese cariño, pero debería saber que nunca la ha derrotado en una elección. Esta era razón suficiente para apoyarla como candidata a secretaria general de la ONU. Seguro no habría ganado, pero, y en la Bachelet esto importa mucho, se habría sentido ligada por un lazo de gratitud con el nuevo gobierno. Habría concebido por él un grado de lealtad que ahora no siente. Ahora que tuvo que retirar su candidatura sin el respaldo de su propio país, lo que siente es otra cosa.

La presidenta Bachelet puede pasar por alto sus rencores, aunque le cuesta, y mucho; puede olvidar los insultos, aunque le cuesta, y mucho; puede ser generosa con los contrincantes, aunque le cuesta, y mucho; pero la dimensión de su desprecio, la hondura de su desprecio, no tiene límite. En eso se parece a otra hija de oficial de la FACh, Evelyn Matthei, que aceptó las disculpas de Kast por los bots republicanos que la atacaron en la campaña, pero que, como acaba de confesar, nunca le creyó nada.

Ganarse este doble bombardeo es el equivalente a un suicidio estratégico. La presidenta Bachelet puede olvidar que el gobierno chileno no apoyara su candidatura a la ONU, pero no puede perdonar las razones por las que lo hizo. Estas son, cree ella, y parece que tiene razón, un alineamiento perruno a las órdenes de unos Estados Unidos en plena y abierta decadencia. Que Kast no la quiera lo entiende, ella tampoco quiere a Kast, pero que Kast no haya sido capaz de declarar abierta y francamente su distancia, y que haya usado la excusa de unos “actores importantes”, que todos entienden como Estados Unidos, y de las escasas posibilidades de éxito de su candidatura, le resulta imperdonable y no se lo va a perdonar.

Los expresidentes, cuando vivía Piñera y Ricardo Lagos no se había encerrado en su privacidad, eran un bloque compacto que se automoderaba y que hacía, frente a cada gobierno, de árbitro. Todos eran distintos, pero venían de un tronco común: la Universidad de Chile en muchos casos, la DC o el radicalismo, una cierta tendencia hacia el centro. Todos habían luchado contra sus alianzas de gobierno para hacer, a la postre, políticas que se parecían entre sí. La muerte de Sebastián Piñera acabó con el equilibrio ideológico, aunque el golpe de gracia lo dio Frei Ruiz-Tagle al radicalizarse hacia la derecha. En ausencia de Lagos, que solo se pronuncia en grandes asuntos, Boric y Bachelet se quedaron solos. El primero no ha cumplido 50 años y tiene toda una vida política por delante; la segunda ya no es joven, pero es dueña de una vitalidad imparable que hace muy difícil pensar que pueda retirarse a cultivar su jardín.

Entre los dos forman para la izquierda una nostalgia de lo posible, de un mundo ido, de una posibilidad que fue y que, frente al desierto de propuestas y liderazgos, puede unir en la añoranza. El futuro, claro, no les pertenece, pero ¿a quién le pertenece? El gobierno tiene el privilegio de gobernarlo, pero parece no comprenderlo. La oposición ni siquiera lo intenta. Queda entonces la defensa de ciertas fronteras, simbólicas y terrestres, que el gobierno quiere pasar por alto. Una tentación por el fuera de juego y el foul que está convirtiendo a la dupla Boba, o Babo, los árbitros designados, en atacantes de élite.

La relación de Michelle Bachelet con el poder siempre me ha resultado fascinante. Soy testigo de que odia el boato, la etiqueta, la crueldad o la riqueza. Cocina ella misma, conserva los amigos de siempre, no le interesa que le saquen fotos y ha perdido mucho más de lo que ha ganado, en lo más profundo y cercano, siendo presidenta dos veces. En su cabeza piensa que esto lo hace por deber, por la historia de dolor que destrozó su juventud, la vida de su familia y su mundo político. Lo suyo es el servicio. Pero la excusa no cuela del todo. Con una presidencia bastaba para probar esa necesidad de servir. Pero dos. Y ONU Mujeres, y la candidatura a secretaria general de la ONU, es decir, algo así como la presidencia del mundo.

Todo esto tiene como justificación un programa, ideas, proyectos, pero no puedo dejar de pensar que ahí hay una mujer, una pediatra, una exiliada, una víctima de violaciones a los derechos humanos, que después de los 50 años ha conseguido lo que ninguna otra mujer en Chile ha conseguido. ¿Qué la lleva tan lejos? Es una pregunta que no puedo dejar de hacerme si calculo el daño personal que esto le ha acarreado. ¿Lo hará de nuevo? Lo dudo seriamente, aunque no podría jurarlo sobre ninguna biblia.

Puede que esta vez de nuevo sienta que es ella o la nada, que una vez más sienta que debe servir a los que ama y darles voz a los que se están quedando sin voz. Creo que sería un error trascendental, tanto humano como político, pero es difícil, tanto en lo humano como en lo político, descartar ese error. No tengo duda de que, de presentarse, ganaría. No tengo duda de que su sector, que es el mío, perdería con su victoria. Lo único que podría provocar ese tropiezo es José Antonio Kast. Si persevera en reformas constitucionales sin sentido y en escudos de las Américas, que solo son para la América de Trump, puede que movilice el corazón de salvadora de la patria de la presidenta y convierta a la ex en la novia infinita que Chile nunca dejó del todo atrás en su corazón.

Notas relacionadas







"Cuando matan un carabinero, matan el país": el drama detrás de una pérdida, relatada por tres viudas de mártires

El cabo Cristopher Aguilera Fernández se convirtió en el mártir 1.263 de Carabineros tras ser abatido durante un operativo en Lo Espejo, lo cual volvió a poner a la seguridad en el centro de la discusión. Sin embargo, lejos de los discursos oficiales, existe una realidad que continúa en penumbras: la de una familia que debe reestructurar su rutina, con niños/as o bebés que crecerán conociendo el rostro de su padre solo a través de fotografías.

Francisco Rosales

La mano de Quiroz en el Presupuesto 2027

La mano de Quiroz en el Presupuesto 2027

Con el proyecto ya en la Cámara de Diputados, pero sin el detalle por partida, tres economistas separan el sello del ministro de Hacienda de lo que cualquier titular habría hecho en un contexto de deterioro de las cuentas fiscales, bajo crecimiento económico y aumento del desempleo.

Daniel Lillo




Bachelet III: esta vez es personal

Bachelet III: esta vez es personal

Puede que esta vez de nuevo sienta que es ella o la nada, que una vez más sienta que debe servir a los que ama y darles voz a los que se están quedando sin voz. Creo que sería un error trascendental, tanto humano como político, pero es difícil, tanto en lo humano como en lo político, descartar ese error.

Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio