Ya es tarde para pedirle a Grau coherencia retroactiva. Pero si el exministro que hoy celebra un gráfico que exhibe el éxito del modelo chileno de verdad se ha convertido a la fe de la evidencia, bienvenida sea la conversión, aunque llegue después de profesar con profunda convicción la del relato torcido.
El Frente Amplio insiste en mostrarnos, columna tras columna, tuit tras tuit, intervención tras intervención, aquello que Giorgio Jackson ya transparentó hace años con honestidad involuntaria. Se creen mejores, se creen superiores, con la moral en la estratósfera y desde esa altura dictan cátedra sobre lo que otros pueden o no pueden hacer con su título profesional.
La izquierda ha decidido colgarle al gobierno de Kast la etiqueta de ultraderechista. ¿El argumento? Sus reuniones con referentes de ese mundo. Pero con la misma lógica, habría que catalogar de antidemocrática a Michelle Bachelet luego de su carrerita para reunirse con Fidel Castro. En ambos casos, ridículo.
Sorprende que sea precisamente Vallejo quien use esa palabra, porque estafa supone engaño deliberado, una promesa hecha sabiendo que no se cumplirá.
Antes de pedirle a una mujer que escuche un corazón, a nuestros parlamentarios les convendría escuchar el propio cerebro, alma o tan sólo que muestren algo de humanidad.
Quienes construyeron su relato político denunciando el algoritmo y la posverdad -a veces en giras internacionales financiadas con platas fiscales- terminan usando el mismo reel de quince segundos, el mismo recorte sin contexto, la misma frase que suena a drama y no resiste una lectura básica del Código del Trabajo. Miente, miente, que algo queda.
El PS no tiene un problema de comunicación interna. Tiene un problema de qué izquierda quiere ser, y esa pregunta no la va a resolver ningún almuerzo de comité. La van a seguir resolviendo a punta de dedo, en la Sala, con las cámaras encendidas.
La izquierda, que dejó el huerto marchito durante ocho de los últimos once años, sale ahora a explicarle al jardinero nuevo cómo se cultivan las verduras. No crece. Y no deja crecer. Ese, no otro, es el verdadero programa económico que la izquierda ha sostenido con más disciplina en las últimas dos décadas.
Thayer, que durante años le explicó al país cómo debía pensarse la migración, resultó incapaz de administrar la oficina encargada de gestionarla.